LA REGULACIÓN ENERGÉTICA

III – LA ENERGÍA VITAL

 

1 - SU FUNCIÓN EN EL SER HUMANO.

Hemos considerado hasta ahora dos elementos constitutivos de la estructura del hombre, el cuerpo y el alma, es decir, lo más humano y exterior y lo más espiritual e interior.

Hemos visto también que son dos energías muy diferentes. Una, material; la otra, espiritual.

La cuestión que se plantea es la de cómo estas dos energías pueden trabajar conjuntamente y actuar la una sobre la otra.

Esta es la cuestión a abordar.

La resolución de este problema de conexión entre lo material y lo espiritual exige la intervención de un tercer elemento, que es precisamente la ENERGÍA VITAL.

¿Qué es, por tanto, la energía vital?.

Es una energía de extraordinaria importancia para los efectos prácticos de la vida humana, porque es la que sirve de elemento de enlace entre la energía del cuerpo, material, y la energía del alma, espiritual. Su misión es, por tanto, la de conectar el alma al cuerpo, permitiendo que lo habite y que le transmita su vida y sus impulsos vitales.

Eso, en una dirección. En la contraria, es la energía que modifica al alma según la forma de vida de la persona, permitiendo la acción de lo humano sobre lo espiritual.

Como consecuencia de este carácter intermedio, de correa transmisora entre alma y cuerpo, la energía vital posee una cualidad energética también intermedia. Mucho más sutil que el cuerpo, es, sin embargo, de naturaleza mucho más "pesada" que la energía del alma, lo que permite que pueda sentirse con bastante facilidad, y que, gracias a ello, pueda trabajarse, a través suyo, para restablecer el equilibrio de la salud.

 

CF = Cuerpo físico

EV = Energía vital

 

Fig. 2

La estructura energética de la persona queda así constituida como una realidad ternaria, formada por el cuerpo físico (soma más psique), la energía vital y el alma espiritual.

 

En esta vida sobre la tierra, el conjunto de los tres elementos forma una unidad indisociable, que se traduce en eso que es el ser humano, la persona humana.

Energía Universal  

 

 

 

                                                    ALMA

La trilogía del ser humano: ENERGÍA VITAL

                                                    CUERPO FÍSICO

 

 

Fig. 3  

Sin embargo, es sólo a través del alma que la persona se conecta, energéticamente, con la Energía primaria o Universal, llámesela como se quiera. Luego es el alma la que nutre de fuerza a la energía vital, y ésta al cuerpo físico.

Una diferencia entre la energía vital y la energía del mundo material es que ésta es manipulable por el hombre, de acuerdo a determinadas leyes físicas, pero en servicio de sus intereses, los que sean.

Por el contrario, la energía vital no es manipulable. No se puede, o no se debe, interferir, porque obedece a leyes muy estrictas basadas en el equilibrio natural.

De hecho, es la energía responsable de la salud corporal de la persona. De ahí su importancia desde el punto de vista terapéutico o médico. Si la acción sobre ella actúa siguiendo sus propias leyes, la energía se activa y regula. Si la acción interfiere con sus leyes, la energía se bloquea, reduciendo su actividad.

En este sentido no cabe hablar de "buenas energías" o de "malas energías", como suele hacerse, sino sólo de energía en equilibrio o en desequilibrio.

Si la energía vital está en equilibrio, entonces posee su máximo potencial y produce el máximo de salud. Si está en desequilibrio, por reducción de su dinamismo, su potencial se reduce pudiendo llegar a un mínimo y produciendo la enfermedad o muerte.

La energía vital consiste en un fluir por todo el cuerpo.

Podemos compararla con la corriente de un río que fluye con fuerza propia. En ese fluir hay inteligencia. El agua sabe siempre encontrar su propio camino, sin que tengamos que decirle por dónde ir. El agua siempre encuentra su cauce.

Por oposición a esta imagen del agua fluyendo con fuerza está la del agua estancada, equivalente a la energía bloqueada.

Muchas veces ese estancamiento se produce porque la propia persona, con su actuar erróneo, crea barreras que dificultan su fluir.

La acción curativa más inteligente se dirige siempre a eliminar las barreras que mantienen a la energía bloqueada, como el agua estancada. Pero así como no se nos ocurre decir a nuestro digestivo cómo actuar, o a nuestro corazón con qué ritmo debe latir, tampoco es sensato decir a la energía vital por dónde, o cómo, tiene que circular, o adonde tiene que dirigirse de forma prioritaria para superar una situación de desequilibrio.

Este principio debe estar claro: la energía vital posee su propia inteligencia, la cual, en el campo de la terapia, es una inteligencia siempre curativa.

Sólo el hombre, interfiriendo en su fluir inteligente, puede crear interferencias nocivas que la bloqueen y desequilibren.

En este sentido debe quedar claro que uno es el mundo material, el cual puede quedar sometido a las acciones del hombre, como ocurre actualmente, y otro es el mundo sobrenatural, el cual tiene sus propias leyes a las cuales debe de someterse el hombre.

En un mundo puede actuar e interferir; en el otro lo único que cabe es comprenderlo y obedecer sus leyes, que son las leyes de la naturaleza y del orden natural.

Permítaseme comentar un caso que ha aparecido en la prensa: una mujer, diagnosticada desde hacía tres meses con muerte cerebral, fue mantenida con vida, en el Strong Memorial Hospital de Rochester, en Nueva York, para que pudiera terminar su embarazo. Ante el rápido deterioro de la situación clínica de la mujer los médicos practicaron una cesárea el 15-11-1997, naciendo una niña, nueve semanas prematura y con kilo y medio de peso. Su estado es bueno.

Hasta aquí la noticia (ABC, 17.11.97)

¿Cuál es la lección de este caso?.

Pues la de que la energía vital ha continuado haciendo su labor a favor de la vida incluso después de la muerte clínica del cuerpo. Si la pequeña ha nacido ha sido gracias a la acción exclusiva de esta energía, porque la madre estaba en estado vegetativo.

De los tres componentes del ser humano: alma, energía y persona, sólo quedaban los dos primeros, los cuales han bastado para alumbrar una nueva vida. No ha sido la madre la que ha continuado el embarazo, sino que ha sido su energía vital, con su propia fuerza e inteligencia, al margen de la persona humana.

Tras el alumbramiento, la madre fue desconectada de los sistemas artificiales que la han mantenido con vida durante casi cuatro meses.

Veinte minutos después fallecía.

Es un bonito ejemplo de la existencia y forma de actuar de esta energía, la cual recibe su fuerza del alma, y no del cuerpo, aunque esta fuerza varía con las personas.

En efecto, una característica de la energía vital es su "intensidad", su fuerza propia, que cambia mucho de unas personas a otras, y de unas edades a otras, como cambia también la fuerza física. Otra cosa, es el "estado" de esa energía, con independencia del potencial que tenga, el cual depende de cómo se organice en el organismo, de cómo fluya. Un fluir regular produce siempre un estado de equilibrio, el cual podrá ser más o menos firme en función de la capacidad energética de la persona.

Imaginemos, a este respecto que la energía que riega el cuerpo lo hace a modo de una red de acequias que conducen el agua de riego de un campo.

Si hay acequias obstruidas, por las que el agua no fluye, habrá zonas del campo sin riego, en las cuales la vegetación se debilitará y acabará secando,

Para que el campo produzca los mejores frutos son, por tanto, necesarias dos cosas: una buena conducción de agua por todas las zonas, a fin de que llegue hasta los últimos rincones de forma regular, y un caudal suficiente que asegure la cantidad de agua necesaria. Pues de la misma manera ocurre con el fluir de la energía por el cuerpo físico: Se precisa intensidad de energía y buena regulación de ésta. Y de la misma manera que el agricultor puede cuidar de sus acequias de riego, la persona puede cuidar del estado de su energía vital, asegurando un fluir lo más armónico y equilibrado posible.

La importancia del estado de la energía vital es extrema para la salud de la persona y para la utilización de todo su potencial energético interior.

Tener la energía vital en equilibrio es tan importante para el cuerpo como lo es para un coche tener el motor bien puesto a punto. De que eso ocurra depende el disponer del 100% de la energía o de un potencial mucho menor. Pero si en vez de vivir con nuestro máximo potencial vivimos sólo al 30%, ¿cómo podremos realizar las tareas exigidas por la evolución del alma?. Si la energía vital está en desequilibrio, el cuerpo padece y se cansa. En consecuencia, se rinde menos, con más cansancio, y se disfruta menos de la vida. Todo se hace triste y con desgana, y hasta el menor obstáculo puede llegar a hacerse insuperable.

Recordemos que las dificultades de la vida son sólo relativas... relativas a nuestra capacidad para afrontarlas.

Para una determinada persona, levantar treinta kilos puede ser tarea imposible. En cambio, puede ser algo muy fácil para otra

Todo depende de uno, de su estado, de su fuerza interior, y ésta sólo depende de dos cosas: del alma y de la energía vital.

Del alma, en cuanto a la fuerza interior, que se traduce en capacidad para discernir correctamente y para ponerlo en práctica, sin miedos ni cobardías. De la energía vital, en cuanto afecta a los recursos humanos disponibles, lo cual depende, en gran medida, del estado de su equilibrio. De todo hablaremos más adelante.

Ahora, una breve referencia a las relaciones entre la noción de energía vital y las equivalentes del prana o del KI.

En el Yoga se establece con claridad la diferencia entre el prana, que es la energía – en sus diferentes variantes – y el atman, o alma de la persona.

En Japón, por el contrario, al igual que en China, las nociones de KI, o de CHI, son más ambiguas.

El KI para el japonés engloba todo lo referido al mundo misterioso de la energía, por oposición al mundo de la materia. Una cosa es el mundo material y otra el mundo del KI, el cual se refiere tanto a la energía vital como al alma, sin diferencias. En todo caso se habla de "espíritu", SHIN, pero, sin que se llegue a precisar el significado.

La razón es que el japonés, a través del Shinto, está culturalmente acostumbrado a convivir con el misterio, relacionándose con él de forma cómoda. Es decir, el misterio que rodea al KI no le fuerza a querer comprenderlo de forma racional. El KI se experimenta, se siente, se utiliza, y basta.

Para el occidental, en cambio, toda experiencia debe de ser comprendida. Casi siempre avanza antes con la cabeza, queriendo comprenderlo todo sin haber dado un paso, lo cual muchas veces no es posible, porque determinadas comprensiones sólo surgen de la práctica continuada y profunda, con la cabeza vacía. Pero el extremo opuesto, de Japón, también tiene sus inconvenientes, porque su carencia de comprensión profunda les impide determinados progresos.

Todo tiene su punto intermedio.

Antes de terminar este apartado, algunas precisiones más.

La energía vital, equivalente en todo a la bioenergía estudiada por Reich, y a la fuerza vital desarrollada por los higienistas, es perfectamente perceptible.

Muchas personas se declaran incapaces de entender qué cosa pueda ser eso de la energía, pero lo que ignoran es que gran parte de sus percepciones corporales – especialmente las dolorosas o desagradables, que son las que, por desgracia, con más nitidez son percibidas por la gente- son, en realidad, percepciones energéticas. Obviamente, lo característico de las percepciones energéticas es el ser percepciones intracorporales, aquellas con las que sentimos todo el complejo mundo de nuestro interior corporal y de sus innumerables cambios, siempre regidos por los cambios energéticos previos.

Por otra parte, cualquier persona puede apreciar la diferencia existente entre un cuerpo vivo y uno muerto. ¿Qué tiene el vivo que no tiene el muerto?. La energía.

En los niños pequeños esta energía es máxima. En los adultos va decreciendo con la edad. Con los ancianos es mínima. En la persona que muere desaparece.

Esta energía está presente, igualmente, en las plantas y en los animales. Cuando cortamos una hoja de un árbol, o una flor, se mantiene la energía vital durante un tiempo, a diferencia de los animales y seres humanos, y sólo va desapareciendo lentamente, lo que permite que se consuman alimentos vegetales vivos a pesar de haber sido extraídos del campo. Esta energía puede ser sentida con las manos – de hecho es esa la base de la práctica de la Regulación Energética y de otras terapias de tipo similar, como el Shiatsu o el Yuki – y ser percibida con nitidez en el propio cuerpo, si se entrena un poco la sensibilidad corporal

La fotografía Kirlian pretende fotografiar esta irradiación de la energía vital, aunque no parece que así sea. De hecho, la fotografía Kirlian de objetos también presenta la misma irradiación, la cual puede deberse al campo eléctrico de alto voltaje que se precisa para la realización de dichas fotografías.

Muchas personas, defensoras de la fotografía Kirlian, afirman, incluso, que dicha irradiación es debido al aura, lo cual es todavía mucho más erróneo

En efecto, el aura es la irradiación de la energía del alma la cual no puede ser ni percibida ni, mucho menos, fotografiada. Sin embargo, muchas veces se habla de la fotografía del aura, o del diagnóstico por el aura, cuando en realidad, como mucho, se está hablando de la energía vital. Esta, que es una energía mucho más "pesada" que la del alma, sí que permite ser percibida con facilidad.

Desgraciadamente, en este confuso mundo de la energía, hay mucha ignorancia y charlatanismo, lo cual redunda en el desprestigio de todo nuevo conocimiento sobre el tema.

 

2 – EL CENTRO DE ENERGÍA.

Si al hablar del mundo dual decíamos que todo "exterior" es siempre expresión de un "interior" y que, por lo tanto, lo presupone, ahora tenemos que avanzar un poco más y decir que toda organización – ¿y qué cosa no lo es si hasta el átomo está perfectamente estructurado? – sólo puede producirse a partir de un centro.

Esto, que es perfectamente claro en las formas geométricas, lo es también en las formas vivas, con mucha más razón.

De esta manera podemos decir que toda vida, y toda energía, necesita organizarse a partir de un centro.

Quizás, por oposición, se podría definir el "caos" como aquello que se produce con ausencia de centro, de forma "caótica", lo cual no entra dentro de los supuestos por los que se rige la naturaleza.

El círculo, la curva y la espiral tienen su centro, así como todas sus combinaciones en la naturaleza.  

Fig. 4  

El centro es, por tanto, el origen de la fuerza que cohesiona a la forma, el punto de donde surgen y nacen las fuerzas de cohesión en todo ser organizado.

Hablábamos, al referirnos a la física cuántica, del centro del átomo, pero también en el universo de las estrellas y de los planetas todo tiene su centro, el cual es punto de atracción y de referencia, punto de organización y de orden, eje de funcionamiento.

La Tierra es centro para la Luna, y el Sol para la Tierra, y así sucesivamente.

Toda vida surge de un centro, se comunica a través de un punto, de la misma forma que el feto recibe la vida a través de su conexión umbilical.

Si esto es una regla general para toda organización y para toda vida, podemos también preguntarnos si es que el hombre posee entonces un centro y, en ese caso, cual puede ser ese. En efecto, este centro existe, pero no en el cuerpo físico, pues éste es sólo expresión del cuerpo interior de energía, sino precisamente en el cuerpo de energía y, en concreto, en su energía vital.

Es decir, que la estructura energética del ser humano – que se expresa a través del cuerpo físico – posee un centro a partir del cual se organiza armónicamente y se equilibra.

Lo que ocurre entonces con este centro de la energía vital es de extrema importancia a la hora de intentar la tarea de mantenerla en equilibrio.

Esta es una idea primera que debe de quedar bien grabada. Porque, ¿cómo intentar organizar la energía si ni siquiera conocemos cuál pueda ser el centro a partir del cual se organiza, ni cual sea su estado?.

O sea, que ya intuitivamente podemos avanzar que el trabajo de organización y regulación de la energía va a tener mucho que ver con su centro.

El centro es elemento de conexión, lo cual es necesario cuando se trata de un conjunto compuesto de partes, como es el caso del hombre, en el que se da lo somático, lo mental, lo emocional, lo sexual, etc. En cambio, el alma es un ente unitario, sin componentes ni partes, que no necesita centro. Toda el alma, en sí, es un centro.

Pero ahora hablamos de un hombre compuesto por varias energías y que, por desgracia, se encuentra muy distanciado de su alma. Por lo tanto, ésta debe de contactar primero con el centro de toda esa gran diversidad para, a través suyo, llegar a todos sus componentes.

A estas alturas todo el mundo habrá tenido que advertir que este centro organizador debe de encontrarse en la realidad energética interior, la de la energía vital, pues es lo interior lo que rige a lo exterior. Y como el alma no precisa de centro, es en la energía vital donde se halla.

En concreto, este centro de organización y equilibrio se sitúa en el VIENTRE, en términos generales y, en concreto, en un punto situado algo debajo del ombligo, al que los japoneses designan con el nombre de "tanden".

Pero a efectos prácticos, podemos decir que el vientre – y más, el bajo vientre – es el "centro" energético de la persona.  

 

 

 

 

 

 

Fig.5

De esta manera, el ombligo viene a ser la expresión material, en el cuerpo físico, de este centro interior de energía.

El centro del vientre actúa como organizador de la persona, creando cohesión y armonía, y como centro de equilibrio, al modo en que actúa el centro de gravedad de los cuerpos materiales.

Esto significa que, cuando la energía está bien situada en el vientre este centro energético actúa produciendo equilibrio físico y psíquico. Pero claro, para ello es necesario que la energía esté bien concentrada en el vientre, única zona del cuerpo donde la concentración energética tiene sentido y es causa de equilibrio, única zona del cuerpo en la que es deseable la mayor concentración energética posible. Por el contrario, en las restantes zonas corporales toda acumulación energética es causa de desequilibrio.

¿De qué depende esta concentración energética en el vientre?.

En primer lugar, de la propia tipología energética de la persona, lo cual es algo que recibe al nacer y no depende de ella. De hecho, quienes, por naturaleza, están bien dotados para la actividad corporal son personas con un centro energético, o "Hara", fuerte, pues sólo ese centro armonizador puede permitir el correcto uso del cuerpo físico. En especial, las personas dotadas para el equilibrio corporal, como los bailarines, los equilibristas, los gimnastas, etc., tienen la energía intensamente localizada en el vientre.

Pero el resto de las personas, en mayor o menor medida, tiene siempre algo de centramiento natural, estando capacitadas para desarrollarlo dentro de determinados límites. Por eso el centramiento depende en gran medida de la forma de vida que desarrolle la persona. Una forma de vida equilibrada, manteniendo bien regulada la energía, mantiene el centramiento; una vida estresada, neurótica, desequilibrada, produce el vaciamiento energético del vientre y el descentramiento.

El centro existe en todos, pero debe ser desarrollado. Esta es la primera tarea de todo crecimiento interior. Y si el crecimiento interior no fuera parejo al crecimiento físico, emocional o mental, entonces seríamos como el árbol aparentemente frondoso pero sin raíces profundas: el menor viento le hará caer, o la menor dificultad climática hará que se seque. Todo es apariencia pero dentro sólo hay debilidad.

En este sentido es notable cómo las personas soñamos con situaciones fáciles, porque, al igual que el barco sin quilla, parece que sólo hemos sido hechos para navegar por aguas estancadas. Sin embargo, esta forma de vivir quizás no satisfaga a todos. Quizás muchos sueñen con poder navegar por mar abierto, y poder hacerlo con todas las velas desplegadas, afrontando los vientos con la seguridad de la propia fuerza y con el orgullo de quien sabe afrontar la dificultad y vencerla. Esa es una bella forma de vivir, arriesgada, pero bella. Cansada, pero bella. Agotadora a veces, pero bella.

Al contrario, ir al encuentro de la dificultad sin fuerza interior para contrarrestarla, es ir al encuentro de la derrota. A veces incluso esta experiencia es necesaria, para saber de nuestra debilidad y de nuestros límites, así como de la importancia de hacer crecer la fuerza interior. Pero, en líneas generales, quién carece de fuerza interior, o lo pasa muy mal en la vida, aún por problemas pequeños, o sólo podrá vivir entre los algodones, dedicado al cuidado egoísta de su propia seguridad.

¿Es ése el ideal de vida que tenemos?.

Antiguamente se daban los milagros, y se daban para que la gente creyera en la existencia de un poder superior "sobre-natural", para que abrieran los ojos a una realidad invisible pero superior a la material. Pero hoy día la necesidad de las gentes no es esa, sino la del descubrimiento de su propia fuerza y capacidad. Esa propia fuerza y capacidad exige el desarrollo del alma como única fuerza capaz de vencer las dificultades.

Antes ocurría que, frente a las dificultades, las personas "creyentes" estaban siempre a la espera del milagro. Pero hoy los verdaderos creyentes son los que creen en su propia fuerza, y saben que ante la dificultad van a estar muy solos, a expensas de ella, porque es ésta la que debe desarrollarse, de acuerdo al nivel de madurez actual del hombre de hoy. Lo "superior" sigue existiendo tanto hoy como ayer, pero el nivel de evolución alcanzado por el hombre actual es mucho más elevado, por lo que la tarea que tiene ahora encomendada es muy diferente. Esta tarea no es otra que la del descubrimiento de su propio interior, de su propia alma, de su propia fuerza, a fin de vivir desde sí mismos, como seres evolutivamente adultos, para así poder desarrollar la totalidad del potencial del alma.

Y para que este alma se desarrolle es necesario e imprescindible que sepa, con absoluta certeza, que va a estar sólo, que nadie va a venir a sacarle del atolladero, que la vida la tiene que conquistar con sus propias fuerzas. Sólo entonces, a sabiendas de que el milagro no va a

darse de nuevo, el hombre pondrá manos a la tarea y crecerá en fuerza y en equilibrio. Ocurre como con el crío que, cuando puede andar solo, se le suelta, para que sea él quien se atreva a dar los primeros pasos. Eso conlleva caídas, pero, a la vez, es la ocasión para que comience a tener confianza en sí mismo.

Sin embargo, la capacidad de erguirse sobre los propios pies nunca puede desarrollarse mientras nos lleven de la mano, mientras ante la dificultad sólo esperemos el milagro, sin atrevernos nunca a utilizar nuestros recursos.

La realidad de la vida enseña, por el contrario, que la fuerza se incrementa al utilizarla ante la dificultad, no cuando se la deja inactiva, al igual que el buen barco se prueba en mar abierto, no estando amarrado a puerto.

El centramiento energético actúa, en primer lugar, sobre el estado de la energía vital, la cual entonces posee su máximo de respuesta o de capacidad de autoequilibrio, lo que permite una rápida y completa recuperación de los desequilibrios en este plano energético.

En segundo lugar, actúa sobre el cuerpo físico, pues la energía vital penetra totalmente el cuerpo físico, siendo la responsable de su salud y bienestar. Por lo tanto, el centramiento se traduce en un mejor funcionamiento anatómico, fisiológico, mental y emocional.

En tercer lugar, el centramiento permite la estrecha comunicación del alma con el cuerpo, actuando el centro como la "puerta" por la que el alma comunica con la persona humana.

Normalmente, las personas aprecian en mucho la salud corporal y desprecian, u olvidan, la importancia de esta relación alma/persona, quizás por desconocerla, cuando es justamente lo que permite vivir la vida cumpliendo los destinos del alma en esta encarnación terrestre.

En efecto, a través del centramiento el alma se sitúa muy próxima a la persona, aunque ella lo desconozca, lo que permite dos cosas:

- Una, que transmita su energía de vida de forma más intensa.

- Otra, que pueda influir a la persona sobre lo que la conviene o no la conviene, capacitándola para tomar las decisiones, en el plano trascendente, que más pueden beneficiarla.

De esta manera se garantiza que la vida que la persona humana realiza en esta vida se ajusta a las necesidades del alma, en función de los objetivos de ésta. Y no olvidemos que es para cumplir ese objetivo existencial para lo que vivimos esta vida presente.

El centramiento es, por tanto, el principio de toda cohesión, armonía y equilibrio interior y físico en la persona, y la clave para vivir con y desde el alma, asegurando, por una parte, la guía del alma a la persona, su asistencia; por otra, el servicio de la persona al alma.  

 

 

 

 

 

Fig. 6

                Ausencia de centro: desconexión                                  Centro: organización

El centro implica siempre unidad, orden, equilibrio, cohesión y armonía. Se da en todo el Universo, que es un todo "centrado", tanto a escala planetaria como a escala del átomo. Y también en el hombre está todo cohesionado por un centro o núcleo, como en la célula o en el átomo.

Porque si en el instrumento, que es la célula, se dan estas cualidades, siendo tan elemental, en la estructura superior a la que la célula sirve, que es el hombre, con mucha mayor razón han de darse, pues de lo contrario el hombre dejaría de ser una unidad para pasar a ser un caos.

Pero recordemos la cualidad dual del hombre, lo que le convierte en un ser "difícil" y contradictorio, con puntos de mira en dos mundos. Si el hombre vive centrado, en unión con su alma, todo él se convierte en una unidad, integrado con ella. Pero si vive desconectado de su alma, vacío de energía su centro, entonces cada parte de ese ser dual anda en dirección diferente. Mientras el alma intenta cumplir su destino asumido de evolución, el hombre anda absorto en asuntos egoístas de este mundo, tales como el poder o el dinero.

Por eso, la persona descentrada, sin centro en sí mismo, tampoco puede entender que el Universo sea un Todo regido por un Centro. Si no siente la unidad en sí mismo, ¿cómo va a sentirla en el Universo?. Por eso la vida es para muchos algo irracional y sin sentido, por la razón de que ellos mismos no han aprendido a encontrar el sentido en su propio interior.  

 

La existencia del centro hace que la persona y el alma anden al unísono, en la misma dirección.

 

Fig. 7

 

 

Cuando no hay centro, la persona y el alma, desconectadas entre sí, andan en direcciones opuestas.  

Fig. 8

Por esa dualidad del ser humano ocurre que el secreto del vivir está, precisamente, en el juego que se desarrolla entre la mente – centro director de la parte humana – y el alma.

El sufrimiento del hombre está, en gran parte, originado por esa lucha entre mente y alma. La mente tirando en una dirección y el alma en la opuesta. Aquella pretendiendo lo fácil y ésta lo más difícil.

De esta manera, el secreto de la vida, y su milagro también, está en ponerlos de acuerdo y en hacer que los dos centros anden por el mismo camino, llevando al hombre por el camino del alma, que es el camino de la evolución interior.

 

3 - LOS DOS TIPOS DE HOMBRES.

Hemos visto que había dos mundos, el material y el espiritual, y que, en consonancia con esa dualidad, se daba también en el hombre una dualidad equivalente, constituida por su realidad exterior, el cuerpo, y por su realidad interior, el alma.

El hombre, por tanto, ha andado siempre, ese es su sino, oscilando entre el vivir hacia fuera, hacia todo aquello que reclama su atención del mundo material, y la atención al interior, dirigida al conocimiento de sí mismo, que ha sido practicada tanto en Oriente como en Occidente. La diferencia es que, mientras en Occidente, a través de las órdenes religiosas, se buscaba más el encuentro con Dios – cuya máxima expresión se da en el misticismo cristiano –, en Oriente se ha buscado siempre más la "propia realización", es decir, el encuentro con el propio interior a través de la experiencia del sí mismo, tanto por lo que se refiere a la experiencia del cuerpo físico, como a la del cuerpo de energía.

Y decíamos justo antes que el cometido del centro de energía era el de conectarnos con el alma, el YO espiritual interior, lo que equivale a conectarnos con el mundo sobrenatural y trascendente, con la "realidad vertical" que incorporamos.

En esa circunstancia, cuando el hombre, a través del centro, conecta con su alma, comienza a andarse el camino de la vida uniendo lo exterior y lo interior, y haciendo que esa dualidad extrema que el hombre es vaya confluyendo evolutivamente hacia el encuentro con la unidad final. Por lo tanto, el centro del vientre – que es el "centro" por antonomasia de la persona – es el punto de referencia para conectar con el mundo interior, en cuyo caso se posibilita que los dos mundos se unan y que la dualidad contradictoria del hombre se transforme en unidad.

Pero cuando el hombre, desconectado de su centro del vientre, vive sólo para la realidad material exterior, ¿desde donde vive?, ¿desde qué punto o centro de referencia?.

En estos casos el hombre vive "desde la cabeza", centro de energía subordinado al del vientre pero que, en situaciones de descentramiento, se constituye en centro director autónomo.

Es decir, que el mundo exterior, la realidad material práctica, se entiende desde la cabeza, en tanto que la realidad espiritual y total se entiende desde el vientre y el alma.

La cabeza, es decir, la mente, es el instrumento para discernir, valorar y analizar dentro del mundo material de las decisiones prácticas.

Su instrumento, el pensamiento, nos conecta siempre con el mundo "de las cosas materiales", hacia fuera de nosotros mismos, y en términos siempre de egoísmo y ganancia.

 

Espirales formadas por galaxias.

Abajo, la galaxia Whirlpool, tomada a través del satélite ISO ("Infrared Space laboratory"), a principios de febrero del 96, En ellas se puede apreciar como todo el movimiento se organiza siempre a partir de un Centro, ya se trate del realizado por las partículas elementales del átomo, o del que protagonizan las inmensas galaxias del espacio.

 

Fotografía aérea de un tifón marino mostrando su característica forma de espiral

organizada alrededor de su vórtice, el cual se constituye como centro organizador

de todas sus fuerzas dinámicas.

 

La espiral de la concha marina "Nautilus"

En todas las formas espirales de la naturaleza se dan dos elementos básicos

característicos: la energía, que es la fuerza que la produce, y el centro, que es el

punto alrededor del cual se organiza la fuerza creadora para dar origen a esa "forma"

expresiva que es la espiral.

 

En este zarcillo de la pasionaria vemos de nuevo como las fuerzas de crecimiento

Se organizan a partir de un centro, el cual se expresa con claridad como centro de la

forma resultante, en este caso la espiral.

Siempre la "forma", como resultado visible de la energía interior y del centro, ambos

visibles.

Sin embargo, la forma está sugiriendo con claridad la existencia de ambos.

 

 

Al pensamiento, es decir, al centro de la cabeza, no le preocupa el ser sino el tener, y cuanto más mejor.

El pensamiento actúa siempre en términos de tiempo y espacio, valorando y cuantificando, y dirigiéndose siempre hacia el exterior de nosotros. Por eso, cuanto más actuamos desde el pensamiento – yendo al exterior –, más nos separamos de nuestra realidad interior.

En términos energéticos esto quiere decir que cuanto más vivimos apoyados en el pensamiento, como centro de discernimiento existencial, más energía sube a la cabeza desde el vientre.

Al hacerlo, la cabeza se carga de energía, volviéndose "pesada", y el vientre se vacía, debilitándose el centro, el cual requiere un máximo de energía en el vientre.

Como vemos, son dos centros contrapuestos: uno dirigido hacia el exterior, el de la cabeza, y el otro hacia el interior; uno hacia lo material y el otro hacia lo espiritual; uno hacia la realidad "horizontal" y el otro hacia la realidad "vertical".

Pero con una peculiaridad, la de comportarse entre sí como los platillos de una balanza, de modo que cuando uno sube el otro baja, y viceversa. Cuanto más se llena uno de energía, más se vacía de ella el otro.

 

 

 

 

 

 

 

 

Fig. 9

 

El hombre con centro     El hombre sin centro

 

Esta característica energética, con relación al estado del centro del vientre, define a los dos tipos fundamentales de personas: la que posee centro, sintiéndose a sí misma y viviendo desde su interior, y la que, ignorándose a sí misma, vive sólo hacia el exterior, juzgando todo en términos de estricta racionalidad, es decir, en términos egoístas de ganancia y pérdida de lo material.

Se trata de dos actitudes ante la vida y de dos comportamientos antagónicos, pero que son, ambos, el resultado de un antagonismo previo, de tipo energético, entre el verdadero centro del vientre y el de la cabeza, cuando éste se convierte en protagonista usurpando la condición de centro único de la persona.

La mente es el ego humano, representando el interés egoísta. El vientre – en tanto que centro de energía – es el alma, el actuar desinteresado.

No queremos decir con ello que el estar centrado sea sinónimo de madurez espiritual, ni mucho menos, pero es el primer peldaño de un camino ascendente de la energía espiritual, del camino del alma. Es en esos términos simbólicos que decimos que el centro del vientre representa el alma. No al vivir desde el alma, sino a la posibilidad de hacerlo. De hecho, ya decíamos que las "Vías" de realización interior japonesas, basadas en el centramiento del Hara, se convirtieron sólo en caminos de realización espiritual a partir de determinado punto, y sin llegar nunca muy lejos.

Esto último por dos motivos: Porque casi nunca incorporaron a ese camino la práctica del amor, quizás por apego a su pasado budista, cuya tradición es anterior al cristianismo. Y también porque enseguida penetró en Japón el ansia por emular a Occidente en sus logros científicos y materiales, lo que le condujo a abandonar el camino interior para desarrollarse exclusivamente por el camino exterior del enriquecimiento y del progreso material.

El centro de la mente nos desvincula de nuestra verdadera realidad interior y nos proyecta hacia el exterior, sustituyendo lo verdadero por lo falso, lo interior por lo exterior.

Sin embargo, el verdadero camino del hombre es el que se recorre cuando se actúa desde el alma y se subordina a ese alma el actuar práctico.

Para ello hay que entender que la mente es sólo un instrumento práctico experto en cuestiones materiales, útil sólo para entender de la vida práctica y para desenvolverse en la tierra. Sin embargo, la mente, por muy "racional" que sea, es incapaz de entender en cuestiones de carácter "suprarracional", como es el desinterés, la justicia, la libertad y, sobre todo, el amor.

¿Cómo puede ser "racional" amar a otra persona más que a nosotros mismos, sin esperar otra cosa que "pérdidas" por ello, dando y nunca recibiendo?. ¿Dónde está la ganancia?, diría la mente racional.

Evidentemente, la ganancia es sólo para el alma, terreno vedado a la mente.

Pero no se trata de menospreciarla, pues es necesaria, sino de situarla en su verdadera posición, subordinada al centro del vientre.

En este caso, cuando se vive centrado, el pensar y actuar desde la cabeza no vacía el vientre de su energía, o lo hace en muy pequeña parte y de forma momentánea.

El centro, una vez que se tiene, no suele perderse. Entonces, en esas condiciones, el pensar en términos prácticos, desde la cabeza, no desvincula del alma ni hace que se pierda la perspectiva sobrenatural de la vida. El centro de la mente es como un ordenador que se enciende cuando se necesita pero que luego se apaga. El centro del vientre, en cambio, está siempre lleno de energía, garantizándonos con ello la conexión interior.

De hecho, los dos centros – el principal y el secundario o instrumental – están hechos para actuar coordinadamente, no para excluirse.

La mente está hecha para actuar en dependencia del alma, es decir, dependiendo del verdadero centro del vientre, pero no para constituirse en dictadora de la persona, como sucede en la generalidad de las personas.

Cuando eso ocurre el hombre se convierte en un animal depredador que sólo vive para la explotación del mundo y de los demás en su propio provecho.

 

 

 

 

 

 

 

Fig.10

 

La mente no sabe ver en profundidad, sino sólo en la superficie de las cosas. Por eso el sentido profundo, sobre-natural y trascendente, se le escapa. Y por mucho que intente actuar de forma sensata y cuerda, según sus criterios de lógica y sentido común, comete las mayores equivocaciones, al no saber entender que este mundo, y las personas que en él viven, son algo mucho más que simples formas y cuerpos materiales.

La mente domina el hecho científico, lo demostrable y medible, aquello que se ve y se palpa. Pero es ciega para lo trascendente, para el contenido invisible de las personas y de las cosas. Por eso se equivoca, porque sólo sabe ver en la superficie, ignorando las causas profundas y los efectos que producen.

La persona descentrada, la que usa la mente como única guía de conducta, sólo posee un sentido "horizontal" de la existencia, es decir, "de exterior a exterior", y busca el poseer por encima de todas las cosas, ya que, concibiéndose a sí mismo como algo físico, cree que sólo esto puede llenarle y ser causa de felicidad.  

 

 

 

 

 

 

 

Fig.11

La persona centrada, en cambio, actúa desde su alma, desde su interior, lo que la capacita para mantener una relación de "interior a interior", sabiendo de la realidad de los contenidos, invisibles para el ojo humano. Su sentido de la vida es "vertical", como consecuencia de su propio proceso energético, que le lleva desde la base de la tierra a

 

El cielo, el camino ascensional interior  

 

 

 

 

 

 

 

 

Fig.12  

El hombre en su Centro, conectado con su alma  
La tierra, la base de partida y la sustentación  

Mientras que en un tipo de hombre el objetivo máximo de la existencia es el poseer y la seguridad material, por encima de todo y de todos, en el otro tipo de hombre el objetivo primordial es el de su propia evolución como ser de energía, evolución que implica recorrer un camino ascensional que comienza con el descubrimiento de su propio centro y pasa, luego, por el descubrimiento de la base de sustentación de la tierra.

El primero es un hombre "sin alma", porque actúa en total desconexión con la suya, ya que la carencia de centro le imposibilita el contacto con ella. Pierde el centro natural de su vientre y vive desde el descentramiento de su mente, lo que produce formas de pensar y actuar erróneas y equivocadas. Es el vivir en contra de la propia realidad que se es lo que es causa de tensiones y de desequilibrios energéticos localizados preferentemente en la parte alta del cuerpo, la parte en la cual se acumula la energía.

 

 

        A = Alma

        EV = Energía Vital

        C = Centro

        CF = Cuerpo Físico  

Unidad total descentrada por desplazamiento de su centro.

 

 

 

Fig. 13  

En la figura anterior vemos como la unidad está descentrada, por desplazamiento de su centro.

Éste, saliéndose de su lugar natural, entre el cuerpo y el alma, se sitúa en el cuerpo físico, en el lugar de la mente. Por otra parte, el alma y el cuerpo pierden toda conexión, al fallarles su punto de contacto.

Por oposición a esta forma de ser, y de estructuración energética, el hombre centrado es el hombre "con alma", ya que vive desde ella, recibiendo sus impulsos profundos y actuando en consonancia con ellos (o pudiendo hacerlo, al menos). En tanto que las decisiones operativas las sigue tomando la mente – la cual se configura sólo como un instrumento al servicio del alma –, las decisiones básicas de la vida se toman en función de los impulsos recibidos desde el alma, ya que, al existir el centro energético de conexión, el contacto entre el alma y la persona está permanentemente asegurado.  

Unidad funcionando como tal, al estar en centro en su sitio.

 

Fig. 14

En la figura 14 vemos como el centro energético se sitúa en el centro de la totalidad, actuando de enlace entre cuerpo y alma, de forma que el conjunto actúa con la precisión de una rueda perfectamente equilibrada, existiendo una conexión permanente entre contenido y forma, entre alma y cuerpo, entre lo espiritual y lo humano.

No se trata de ir por la vida, como algunos anacoretas del desierto, "pasando" de todo lo material, sino de aprender a vivir la realidad dual que somos, de forma global, como una unidad, pisando con fuerza la tierra pero sintiendo también, en nosotros, la realidad sobre-terrenal.

Evidentemente, para poder llegar a esta concepción de la dualidad humana como una totalidad, ha sido necesario que pasaran muchos siglos de evolución colectiva.

Por eso, durante muchos, muchos, siglos el hombre vivió sólo de su realidad terrena, como el niño vive apegado a la madre, en este caso a la madre tierra.

Luego comenzó a intuir lo sobre-natural, pero lo imaginó a imagen y semejanza suya, en forma de ídolos con características humanas.

Más tarde, con el cristianismo, sintió tal entusiasmo por el recién descubierto mundo sobrenatural que vivió "sin pisar tierra", pensando más en el Cielo y en la otra vida que en esta. Así ocurrió en el ámbito del cristianismo hasta el siglo XV, momento en el que el hombre comienza a poner de nuevo la vista en lo práctico y racional.

Pero ahora es, por primera vez, cuando el hombre tiene la oportunidad de vivir los dos extremos de manera conjunta, de vivir el cielo sin dejar de pisar la tierra, de reunir en un único punto de partida lo alto y lo bajo, para, desde allí, comenzar a andar el camino espiritual evolutivo en sus etapas más avanzada.  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Fig. 15

Pues bien, este punto inicial, en el que se juntan lo alto y lo bajo, está representado por ese hombre centrado, consciente de su centro energético del vientre, porque el camino espiritual es un camino de energía, desde la energía del alma a la Energía Superior de Dios.

El final del camino evolutivo es llegar a la unidad a partir de la diversidad, en este caso de la dualidad.

Se trata de vivir desde un centro, como punto firme de partida en el que se dan cita lo alto y lo bajo, la cabeza y los pies. La cabeza que mira hacia las alturas del cielo y los pies que pisan la tierra. Porque sólo a partir de un punto seguro de equilibrio se puede intentar superar el antagonismo de los extremos y hacer que estas dos fuerzas extremas, la de lo alto y la de lo bajo, se reúnan para alcanzar la meta evolutiva final más alta.

Primero el hombre fue muy pasional, vinculado fuertemente a sus impulsos más inferiores y primarios. Después se espiritualizó intensamente y creyó poder alcanzar el cielo despegándose de la tierra.

Dando un paso más, alcanzó la plena capacidad racional, haciéndose adulto y desvinculándose de las tutelas religiosas.

En ese punto del final de la etapa racional estamos.

Ahora, con la cabeza bien desarrollada, procede que nos situemos con fuerza sobre el vientre para retomar el contacto con el alma e iniciar sin más vaivenes, el camino interior definitivo, el que se produce como integración de extremos, no como lucha dualista entre el Bien y el Mal, entre lo corporal y lo espiritual, entre el Cielo y la Tierra, entre nuestro cuerpo y nuestra alma. Todo es necesario y todo forma parte de la unidad. Todo debe ser una unidad en la Tierra para poder evolucionar.

Quizás ahora comencemos a entender que todo está relacionado: la forma de actuar del hombre, con el estado de su energía, y con sus posibilidades de evolución interior.

En épocas anteriores, de mayor inmadurez, al hombre se le pedía que viviera "en relación a Dios", amándole, cumpliendo sus mandamientos, viviendo su fe, etc. Ahora, al final ya de este gran ciclo evolutivo, se le pide al hombre que se desarrolle interiormente, lo que quiere decir que viva desde sí mismo, conociéndose y poniendo equilibrio en su interior.

Este equilibrio tiene relación, por tanto, con su estado energético, a fin de poder vivir en conexión con la energía del alma, y con su camino evolutivo, ya que sin entender este camino difícilmente puede el hombre subordinarse al alma.

Antes se subordinaba a un Dios milagrero, a través de una larga cultura religiosa, pero ahora se trata de hacerse plenamente adultos, desarrollando la fuerza del alma y viviendo desde ella, lo que requiere una madurez plena y un conocimiento exacto del por qué esa subordinación al alma es ahora necesaria. Es decir, es imprescindible tener muy clara la idea de evolución en sus múltiples aspectos.

Y, ciertamente, nadie debiera asombrarse de que así deban ser las cosas. De hecho, ya hemos visto cómo la tradición oriental se ha enfocado en este sentido, y cómo la occidental ha ido confluyendo hacia el mismo concepto del hombre como ser evolutivo de energía. Este sentido de la vida como evolución y energía fue sustentado también en Occidente por el jesuita Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955), antropólogo y científico, en un intento por reunir de forma definitiva ciencia y religión en el ámbito superior de la realidad última.

Su explicación del "fenómeno humano" reunía los conceptos básicos de "evolución", "energía" y "unidad" – que hoy se diría "globalidad" –, desde el punto de vista del espíritu o Energía primera, a la que él llamaba "Amor de Dios".

Su pensamiento fue tan avanzado en su época que llegó a ser amonestado desde Roma pidiéndosele que dejara de escribir "obras filosóficas".

Sus obras, que en su momento fueron motivo de escándalo para los más conservadores, suponen un punto de entronque clarividente con las premisas más avanzadas de hoy en día: evolución, energía, globalidad (unidad). Algunos de los títulos de sus obras, como "La energía humana", o "La activación de la energía", son suficientemente elocuentes.

 

4 – EL HOMBRE CENTRADO.

Quién siente su centro del vientre, y vive desde él, vive sintiendo su ser de energía, lo cual supone un cambio trascendental respecto a la situación de sentirse sólo materia.

Ya no es el sentirse vacío, sino la sensación de estar "lleno", de estar afirmado, lo que produce una íntima sensación de seguridad interior y de estabilidad. Es la sensación de quien se siente a sí mismo autosuficiente, con fuerza propia, sin necesidad de andar buscando apoyos externos.

Es la sensación cierta de tener toda la fuerza interior en el sitio correcto y de tenerla disponible en todo instante.

Esto no quiere decir que la vida sea fácil, ni que las cosas no nos afecten, sino que se puede con ellas. Con esfuerzo, pero se puede. Ese estar "en su sitio" interior se traduce además en un equilibrio físico y psíquico.

En lo físico el equilibrio se produce por la conexión que se establece con la tierra a través de las piernas y de los pies. Esta relación centro-tierra es muy fuerte, y se siente a través de unos pies llenos de energía, que junto con las piernas, se vinculan de modo muy fuerte con la tierra, que es el apoyo.

O sea que el "centro" une al hombre a la tierra, en sentido energético y real, siendo esa la causa de que actúe como elemento de equilibrio. Es como, si de repente, se sintiera toda la mitad inferior del cuerpo "llena" y "pesada", como esos muñecos con plomo en su parte inferior que nunca vuelcan por mucho que se les balancee.

Y, como consecuencia de este descenso de la energía a la parte inferior del hombre, su parte superior se aligera y libera. La columna se estira sin esfuerzo, los hombros ceden gran parte de su tensión y el cuerpo descansa de forma natural sobre el vientre como punto de apoyo.

Además, en lo emocional y mental, se producen una serie de importantes consecuencias:

  • Confianza y seguridad en uno mismo, en su propia capacidad.

  • Equilibrio psíquico, emocional y mental.

  • Conexión con el propio interior, aprendiendo a actuar "desde si mismo", de forma auténtica.

  • Mayor capacidad de relajación y concentración.

  • Más decisión a la hora de tomar decisiones.

  • Forma de vida más ritmada.

  • Respiración profunda.

Todo este equilibrio energético se traduce en una nueva forma de andar y de tenerse en pie; en una mejor actitud corporal; en una mayor capacidad de trabajo; en una mayor capacidad frente a los vaivenes emocionales y a los problemas de todo tipo, es decir, en una resistencia interna ante todo tipo de dificultad mucho mayor; en la capacidad creciente de vivir desde sí mismo, desde las propias actitudes y criterios.

Vivir en el centro es, ante todo, una sensación, una forma nueva de vivirse, como cuerpo y como energía, que ahora son la misma cosa. Es el punto de partida, como los cimientos lo son para levantar sobre ellos la nueva casa hacia lo alto.

Por eso antes de subir hay que bajar y tomar apoyo en la tierra.  

 

 

 

 

 

 

Fig. 16

La persona bien asentada sobre su vientre transmite su apoyo a sus pies, los cuales se convierten en conductores de energía para con la tierra. El apoyo en ésta es entonces estable, similar al del triángulo apoyado sobre su base.

 

 

 

 

 

 

 

 

Fig. 17

 

La estabilidad y el equilibrio se producen cuando la energía está en la base, en contacto con la tierra.

También puede compararse la acción del centro vital en la persona a la acción equilibradóra de la quilla en un barco. Cuando esta quilla es profunda, como en los grandes barcos de regatas, permite contrapesar la fuerte acción del viento en las velas (equivalentes a la mente, la cual nos hace "volar"), de modo que aunque el barco se escore, nunca vuelca, pudiendo siempre recuperar de nuevo la posición vertical de equilibrio. Por eso, poseer el centro es poseer la fuerza equilibradora, la capacidad de recuperación en toda circunstancia de la vida.  

 

 

 

 

 

 

 

 

Fig. 18

Quien vive centrado vive sintiendo su cuerpo, sin miedo, disfrutando de la vida y del momento presente; en los momentos difíciles se repliega sobre sí mismo, encontrando la fuerza en su interior. Su respiración es honda y tranquila; puede concentrarse con fuerza en el trabajo y luego desconectar la cabeza para relajarse y descansar. Siente la unidad consigo mismo y, en consecuencia, con todo el Universo.

Sabe que el llamado "progreso" es el resultado de una sociedad enferma, y no se esfuerza por competir en esa carrera de locos. Busca en sí la salud, en vez de dedicarse a evadir la enfermedad. Cuando todo se tambalea él no cae, porque tiene la fuerza en su interior. Por eso, su razón de ser no la busca fuera de él, en cargos, poderes ni honores.

Sabe vivir con poco y sin derrochar, y su relación con los demás no es violenta ni prepotente. Sólo un hombre así es libre e independiente. Sólo un hombre así no necesita de dogmas religiosos ni de doctrinas políticas, o de grupos de presión, en los que ampararse.

Son dos actitudes, dos formas de ser, dos sociedades distintas.

 

5 – EL HOMBRE DESCENTRADO.

Es el hombre típico de nuestra sociedad de consumo, el hombre que necesita tener mucho de todo para sentirse mínimamente seguro, el hombre que busca compulsivamente la seguridad, o el que se refugia, para conseguirla, en grupos religiosos, sectas, partidos políticos, o sociedades de todo tipo.

Es la persona inestable, que necesita que le digan, cómo actuar en todo, que sólo se siente a gusto con las mayorías.

Es la persona que planea incesantemente para sí, sin acordarse para nada de los demás, como no sea para pedirles. La misma que, ante la menor dificultad, se tambalea y cae, o explota con violencia, incapaz de autocontrolarse y descargarse el peso en su propio interior.

Es la persona necesitada de todo tipo de apoyos materiales, pero que, cuando se los quitan, se desploma.

 

 

 

 

 

Fig. 19

Es la persona inestable, que oscila entre la violencia y la depresión. Es la persona sin apoyo interior ni centro, la que vive sólo desde los proyectos de "progreso" dictados por su cabeza enferma.

En esas condiciones, apenas siente su cuerpo, lo que hace que prácticamente se anule su capacidad de placer sensitivo. Tampoco sabe vivir el presente, pues el pensamiento lo rehuye, yendo desde el futuro al pasado, pero sin detenerse en el instante, en el momento.

Mira, pero no ve; escucha, pero no oye. Tiene falta de concentración, e incapacidad para relajarse y desconectar de su cabeza. Es adicto a los fármacos y está obsesivamente preocupado por el dinero, por el acumular como seguro de vida, viviendo la vida con miedo.

Actúa con violencia y con nada se satisface. Tiene dificultad para las relaciones personales, y desconoce qué sea el amor.

Ante las cosas sólo ve sus aspectos superficiales, sin ser capaz de calibrar las consecuencias de sus actos, aparentemente tan "razonables". En su cuerpo carece de equilibrio postural, y de energía en los pies, lo que le hace vivir desconectado de la tierra. Y cómo no siente la tierra, tampoco puede amarla, ni sentir el daño que le hace cuando actúa de forma depredadora con ella.

Pero es que esa depredación es para con todo, incluyéndole a él mismo, a pesar de su egoísmo, o precisamente por ello.

Su carácter es inestable, y hay volubilidad en sus decisiones. Su tendencia es a evadir los problemas: los de su salud, los de la desigualdad, los de la ecología, los de la pobreza.

Para vivir necesita de continuos estimulantes, porque le falta la energía interior. Es adicto al tabaco, a los somníferos, a los antidepresivos, a las drogas, al alcohol, al exceso de comida, buscando siempre el atajo y el camino más fácil, porque carece de alma que le impulse a subir y luchar.

Es el hombre del consumo, del "progreso", de la seguridad, del Estado del "bienestar", buscando siempre como hurtar el hombro a la tarea colectiva.

Es el hombre que se infla como un pavo real con los títulos y los halagos, el que necesita siempre los elogios ajenos, el que actúa mirándose en los demás.

Sin embargo, anda como si llevara un pesado fardo sobre sus hombros, como hundido bajo el peso de la vida, incapaz de traspasar sus cargas a la tierra.

 

 

 

 

 

Fig. 20

O se hunde bajo el peso de la carga, cuando las circunstancias no son favorables, o se envanece cuando "triunfa".

Pero, lo que nunca sabrá este hombre sin centro es depositar su carga en el suelo, y estirarse hacia arriba a diario, respirando con profundidad, como resultado de sentir la plenitud de su vida interior.

 

 

 

 

 

 

 

 Fig. 21

Incapaz de estirarse, ni de respirar, su cuerpo está bloqueado y rígido, y lo mismo sus emociones, encerradas en su coraza corporal como si de una olla a presión se tratara. Lo que le caracteriza es la ignorancia y el desequilibrio, aunque se crea muy poderoso y dominador del mundo, por su poder y sus influencias. Su espiritualidad, cuando presume ella, es también superficial y falsa, necesitada de dogmas que creer y en los que apoyarse.

Vive con prisa, jadeando, sin saber nunca lo que es el ritmo, sin sentirse ni escucharse, como un alienado. Su cabeza siempre maquinando, a punto de explotar, controlando su vida. Por eso no puede concederse ni un instante de silencio, y por eso odia la soledad, porque en esa soledad se encuentra consigo mismo de forma ineludible, cuando en su vida todo es huir de su propio interior.

Persona con dinero, pero sin defensa, incapaz de cuidar de sí misma, porque ni se conoce ni se siente. Carece de lo que más necesita y anda sobrada de lo innecesario y superficial.

Lo que le define es su pobreza interior, su ignorancia de todo lo que es esencial en la vida, y su desequilibrio ante toda convulsión. Si queréis un ejemplo, mirad entonces al conjunto de personas que se agitan como posesos en las grandes salas de las Bolsas mundiales, pendientes de las cotizaciones reflejadas en las pantallas. Ellos, conocedores como nadie del mundo del dinero, son el mejor ejemplo de la ignorancia y del vacío interior. Viven entre el alboroto y la depresión, en un estado de alienación total, pensando que controlan el mundo.

De esas personas, como de todos los que viven con su energía arriba, en la cabeza, cabe decir que son un ejemplo de inestabilidad, como la del triángulo que quisiera tenerse derecho estando apoyado sobre su vértice.

 

 

 

 

 

 

Fig. 22

Lo suyo es una inversión total de valores y de energía. Y la resolución de su problema pasa por un cambio total, poniendo lo que está arriba abajo, y lo que está abajo arriba.

Sus dolores de cabeza, sus insomnios, su irritabilidad, su falta de concentración y de relajación, sus problemas digestivos y cardíacos, su sudoración excesiva, su mala relación con los demás, su falta de alegría, sus tensiones musculares, su exceso de presión sanguínea, sus palpitaciones, sus miedos y fobias, todos sus problemas, y muchos más de los que no son conscientes, no pueden ser resueltos por unas pastillas, ni siquiera por un trabajo a fondo de Regulación Energética, si no se acompaña de una voluntad de cambio dirigida a una revisión total de su forma de vida y a un reconocimiento de sus errores.

De hecho, los problemas están ahí para ayudar a la persona a reconocer los errores y a cambiar. Pero si, a pesar de los problemas, la persona no quiere cambiar, entonces lo mejor que se puede hacer es dejarla sola, puesto que aún no está preparada para el cambio.

Porque una cosa es la ayuda, que es para el cambio, y otra el cambio mismo, que sólo puede producirlo la propia persona a partir de un reconocimiento y de un deseo interior.

Por eso, cuando este no se da, la ayuda está de más. Porque lo importante es la persona, no sus dolores o molestias.

El remedio, la solución, no pasa por aminorar éstas, para que pueda seguir el camino equivocado, sino por un cambio total que sólo la misma persona puede tomar la decisión de dar.

En caso contrario la estaremos ayudando a perseverar en el error, en vez de ayudarla a salir de él.

¿Ayuda?. Sí, pero si hay voluntad de cambio. Si la persona, que es como el triángulo, quiere poner el vértice para arriba. Lo otro es sólo apuntalarlo en la posición invertida para que, estando en desequilibrio, no caiga.

 

6 – LOS EFECTOS DEL DESEQUILIBRIO.

El primer paso del desequilibrio es, sin lugar dudas, el de la subida de la energía hacia lo alto del cuerpo y la cabeza. Y la verdad es que todo, en esta cultura, contribuye a conseguirlo.

Veámoslo un poco: Desde hace cinco siglos estamos viviendo dentro de una cultura racionalista, que se basa en el estudio.

Los jóvenes, desde muy temprano, deben dedicar muchas horas al día al estudio, ejercitando la mente, lo cual se continua luego en la práctica profesional.

Por otra parte, la vida se hace sedentaria, el cuerpo no se ejercita, y se vive en ambientes acondicionados en los que el cuerpo no tiene que producir ningún tipo de reacción.

Andamos calzados, cuando lo hacemos, porque casi siempre se utilizan vehículos. El agua del baño y ducha es caliente, la luz artificial, y la comida una basura.

Además, todo en esta sociedad de consumo incita a desear lo material, expuestos todo el día a mil reclamos publicitarios. ¿Cómo cerrar ojos a todo eso para abrirnos al interior?. ¿Cómo no andar todo el día pensando en la forma de ganar más para consumir más?.

Por eso, al igual que la persona sigue el camino equivocado del "exterior", la energía sigue también el camino equivocado hacia arriba, subiendo a la cabeza, con lo cual la persona se estructura energéticamente de forma desequilibrada.  

 

 

 

 

 

 

Fig.23

Una vez que la energía comienza a ascender – más de lo que estaba –, se forma un conflicto entre la tendencia de la energía a bajar a su lugar natural – como atraída por la fuerza de la obligándola a ir hacia arriba. Ese conflicto se manifiesta sobre todo en el bloqueo que se forma en la boca del estómago (plexo solar), justo por debajo del extremo inferior del esternón, es decir, en la parte superior del vientre.

Primero la energía del centro, en el bajo vientre, sube a situarse en la boca del estómago, con tal intensidad que llega a ser doloroso.

Luego, cuando la capacidad de almacenamiento de la ansiedad acumulada por esa zona se sobrepasa, la energía sigue ascendiendo hacia arriba, invadiendo la zona de los hombros, de la nuca, de la garganta y de la cabeza, con todo el cúmulo de efectos consecuentes.

Más adelante, si sigue aumentando el desequilibrio general, la energía comienza a bloquear determinadas funciones fisiológicas, por lo que el organismo mismo comienza a fallar. Por último, en la fase más avanzada, los bloqueos energéticos se traducen en lesiones: úlceras, enfisemas, hemorroides, infartos, etc.

Como consecuencias de esta larga cadena de causas y efectos se produce la aparición de molestias y dolores de todo tipo, muchas veces sin conexión aparente con el estado de ansiedad, porque cuando la cadena es larga es difícil relacionar el último eslabón con el primero. Pero todo va unido – cosa que la medicina no sabe – lo somático con lo psíquico y con los problemas de comportamiento. Detrás de todo ello hay un desequilibrio energético y, más detrás aún, una profunda desconexión de la persona con su centro interior. Todo es como una larga cadena de eslabones, o como las ondas que se forman en un estanque cuando tiramos una piedra: cada una es consecuencia de la anterior y causa de la siguiente.

Si nos fijamos en los problemas de la gente de hoy, en nuestras sociedades de consumo, cada vez se da más un tipo de desequilibrio caracterizado por su falta de traducción a datos clínicos concretos. La persona se siente mal, no duerme, está nerviosa, tiene dolores en diferentes partes del cuerpo, respira mal, no se concentra, a veces se deprime, es infeliz a pesar de tenerlo aparentemente todo... pero nada de esto puede ser detectado en los chequeos médicos.

Se trata de todo un desajuste energético previo al desarrollo de los problemas de salud que sí pueden ser detectados por la medicina. En realidad, se trata de desajustes energéticos, indetectables clínicamente, pero que hacen que la persona se encuentre en un gran estado de desequilibrio psíquico y somático.

En esas situaciones la persona se comporta como un gran rompecabezas desajustado, inmensamente desajustado, que necesita que se realice con él esa labor de ajuste, precisamente lo que la medicina – experta sólo en el tratamiento del detalle, e ignorante de lo que es la totalidad – no puede hacer.

Es decir, que cada vez más los problemas de la gente son problemas derivados de su totalidad, del mal comportamiento de su totalidad, lo cual escapa a la comprensión de la medicina. La razón es que los problemas "de la totalidad" sólo pueden ser abordados "desde la totalidad", nunca desde la especialización.

Por eso, cuando van al médico y les dan unas pastillas, las toman, pero les sientan mal y, si solucionan aparentemente algo, les surge otro problema mayor, de modo que van de especialista en especialista, de análisis en análisis, sin encontrar causa aparente para sus problemas.

¡Y cuantas veces el médico, para sacárselas de encima, acaba diciéndoles: "usted no tiene nada, imaginaciones"!.

Todo por no reconocer que ellos, y su medicina, son incapaces de detectar la causa de sus problemas, bien reales y no imaginarios.

Especial importancia tiene el bloqueo respiratorio que se produce como consecuencia de este vivir "desde la cabeza". La respiración abdominal se ve impedida por completo y, en su lugar, el centro de la respiración asciende hasta la boca del estómago, o incluso hasta el pecho, dependiendo de donde se encuentre el bloqueo energético principal.

La respiración que resulta es corta, jadeante, ruidosa, sin pausas. O, a veces, imperceptible, como si no existiera. Es una respiración superficial y sin ritmo alguno, más propia de una persona que se está ahogando que de una persona sana. En ella el acento está puesto en la inspiración, como si la persona careciese de aire y necesitara estar inspirando continuamente. En cambio, la espiración apenas existe – ni tampoco las pausas –, no llegando nunca hasta el final del recorrido.

La gente que lo padece ni se fija en ello, pues nunca ha prestado atención a su cuerpo – salvo cuando les duele – y menos a su respiración. Y si se les hace notar dicen que es "porque nunca les han enseñado a respirar", como si el cuerpo no supiera hacerlo. Creen que es cuestión de enseñanza, no de cambio interior.

Pero la respiración, con su ritmo, al inspirar y espirar, es un modelo de cómo vivimos, dando y recibiendo.

De acuerdo a este modelo, el que no sabe espirar es porque tampoco sabe "dar", ni tiene nada que dar. Sólo sabe inspirar, que es equivalente al "coger", al recibir, acumulando más y más en sí mismos, sin tregua y sin ritmo, como si el aire fuera a faltar. Y todo ello deprisa y sin pausas.

La respiración jadeante, propia de quien actúa desde la cabeza, es un movimiento que se sitúa entre el estrechamiento de la boca del estómago y el del cuello, sin llegar nunca a conectar con el "centro" del vientre.

Por el contrario, la respiración propia de una persona centrada es una respiración de energía que se realiza desde el centro del vientre hasta lo alto de la cabeza y hasta la planta de los pies. Esta respiración nace y muere precisamente en el "centro" abdominal.

 

 

 

 

 

 

 

 

Fig. 24

Además, esta respiración energética que surge del vientre es una respiración que se realiza con pausas muy largas, especialmente al final de la espiración.

Es una respiración "necesaria" en la cual la inspiración surge después de una larga pausa al vacío, "porque algo respira", y se extiende por todo el cuerpo, lentamente, deteniéndose de nuevo cuando llega, de forma natural, a su final, sin prisas, el tiempo que necesite, para volver a espirar de nuevo de forma completa, tranquila y pausada.

Es una respiración en la que todo es sutil, como si el aire se hubiera transmutado en energía que recorriera el cuerpo sin barrera alguna, llenándole la vida. Y todo eso de forma muy lenta, sin esfuerzo, ausentes en todo ello la prisa y el jadeo.

Además, cuando la respiración se realiza de forma libre – no bloqueada – es instrumento continuo para estirar el cuerpo, desde dentro, con cada respiración consciente, y para soltarlo y aflojarlo, haciéndole desprenderse de sus tensiones con cada espiración profunda. De esa manera la propia respiración se convierte en un ritmo corporal en el que se realizan, de forma continua y alternada, los movimientos básicos de "estirar" y "encoger", tensar y aflojar, manteniendo continuamente la elasticidad del cuerpo y de la energía, como si se tratara de un muelle que nunca perdiera su capacidad elástica.

La respiración es, por tanto, la consecuencia del estado interior de la persona, la expresión más clara de lo que es su vida. Así, una vida pausada produce una respiración profunda y lenta. Según sea el ritmo de la vida así será el ritmo respiratorio, expresión siempre del ritmo, o de la falta de ritmo vital.

La respiración es como el diapasón interior creador de ritmo, y también es el mecanismo equilibrador de nuestro interior de energía. Allí adonde están los bloqueos energéticos, allí se dirige la respiración para solucionarlos. Por lo tanto es inútil intentar "aprender" a respirar. En cambio, lo que se puede hacer es poner equilibrio en nosotros, con lo que la respiración se convertirá en la mejor expresión de ese cambio de ritmo interior.

Por todo ello hay que entender que las consecuencias que se muestran en el cuerpo están todas ellas relacionadas: el desequilibrio energético, las disfunciones corporales, la mala respiración, la coraza corporal y la forma de vida, todo es una y la misma cosa. Y todo ese entramado de causas y efectos – tan entrelazados que llega un momento en que los efectos se convierten a su vez en causas – sólo puede ser desmontado cuando se actúa a través de la energía vital, el único elemento integrador en el hombre, el único elemento directamente relacionado con esas diferentes manifestaciones.

Otra característica de ese estado de energético en desequilibrio es el de la "pérdida de los pies".

Lo natural, cuando la energía está en el "centro", es que fluya hacia abajo, hacia los pies y la tierra, en tanto que en el estado de desequilibrio, al subir la energía a la cabeza, los pies se quedan vacíos de ella. Las consecuencias son palpables: pies incapaces de andar, doloridos y deformados, rígidos, fríos y contraídos, todo lo contrario de unos pies flexibles, calientes y abiertos, como corresponde al estado de plenitud energética.

La consecuencia de esa pérdida es que se pierde también la conexión del hombre con la tierra, y no estoy hablando en un sentido simbólico sino real.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Fig. 25

La persona queda como flotando, sin apoyo seguro al que referirse, y encerrada cada vez más en su cabeza. Al final la persona es su cabeza, es decir, su mente, no poseyendo conciencia propia más abajo del cuello. Su cuerpo no es percibido más que cuando duele, porque solo vive en sus pensamientos, en el mundo aprisionante de su irrealidad mental.

En tanto que el hombre-cabeza presume de vivir de "forma práctica", de realidades, con los pies bien asentados sobre el suelo, lo que en verdad acontece es todo lo contrario, un vivir desconectado de la tierra, a la que ni siente ni sabe pisar, absorto sólo en sus elucubraciones mentales, como si viviera en una nube, flotando en un espacio carente de gravedad, que él llama "practicidad". Precisamente ahora, como consecuencia de las largas estancias de los astronautas en el espacio sin gravedad, se está pudiendo comprobar la importancia de las consecuencias del vivir en esta forma, que afecta, entre otras cosas, a la capacidad para engendrar hijos sanos, sin malformaciones.

 

7 – LA ANSIEDAD.

Cuando se trabaja con la energía se advierte que la primera causa de desequilibrio energético es el estado de ansiedad crónico en que se vive.

Esta ansiedad provoca una paralización de la energía vital, el endurecimiento corporal, la pérdida de sensibilidad, y una clara incapacidad para reaccionar ante las situaciones.

Muchas veces suelo comparar a las personas cuya energía está equilibrada y en movimiento a un muelle elástico que, ante una presión externa, encoge, pero que, en el momento en que la presión desaparece, vuelve a estirarse hasta su total longitud.

Esa capacidad para "contraer y dilatar" de forma elástica es la propia de un cuerpo y de una persona poseedores de una energía viva, como puede verse, en general, en los niños pequeños.

Ellos pueden andar descalzos por el pavimento, sin enfriarse, porque sus pies reaccionan con calor. Los adultos, por el contrario, con cuerpos y energías atascadas, se enfrían y encogen con el frío, incapaces de reaccionar produciendo calor interior.

Pues bien, lo propio de una persona atenazada por la ansiedad es que su energía no se comporta como un muelle elástico, capaz de reaccionar ante las acciones del medio, sino que, incapaz de adaptarse a ellas, su única respuesta es la del endurecimiento, señal de una energía bloqueada.

Bajo la presión, el muelle encoge. Una vez liberado de la presión, se estira libremente por sí solo, hasta alcanzar el estado inicial. Pero si se trata de un muelle "atascado", entonces, aunque se retire la presión que le hizo encogerse, el muelle continua encogido, incapaz de recuperar.

 

Muelle comprimido por

los efectos de la presión

exterior
Muelle elástico, recuperando

su forma inicial una vez que

cesa la presión
Muelle atascado, incapaz de recuperar su forma

aun habiendo ausencia de presión

Fig. 26

 

En realidad, este movimiento de "encoger y dilatar" es el movimiento básico de todo ser vivo, desde la simple célula que vive relacionándose con el medio a través de este movimiento, hasta el ser más evolucionado, como es el ser humano.

De hecho, toda la energía del ser vivo, incluida la del hombre, está continuamente dilatando y encogiendo, con tanta más fuerza cuanta mayor es su capacidad vital de respuesta.

Este movimiento de dilatar y contraer se realiza en toda la energía vital de la persona al unísono pero, como en el caso del muelle, con más intensidad en la persona más "viva" y con menos en la persona más bloqueada.

 

 

 

 

 

 

 

Fig. 27

a = amplitud del movimiento de pulsación energética.

p = período o semilongitud de onda, equivalente a una contracción o a una dilatación.

En unas personas la capacidad de estiramiento y de encogimiento de su energía es muy grande, como en el caso del muelle perfectamente elástico, y en otras es mínima, cuando su capacidad vital está muy disminuida, bien por debilidad o por bloqueo energético.

Estas diferencias que se dan entre unas personas con otras, ocurren también, dentro de la misma persona, entre unas zonas del cuerpo y otras. Las zonas poseedoras de un buen flujo energético mantendrán la elasticidad propia de la persona. Por el contrario, las zonas bloqueadas, en las cuales el flujo energético esté entorpecido, presentarán una elasticidad energética muy reducida, apenas perceptible. El periodo de oscilación será el mismo que en el resto del cuerpo, pues esta es una constante para cada persona, pero la amplitud de su movimiento se verá muy reducida.

Pues bien, hay acciones externas que producen bloqueos energéticos localizados, como cuando se recibe un golpe, o se produce una torcedura, con consecuencias locales limitadas. Sin embargo, hay otras que lo que producen es un encogimiento de toda la energía corporal, afectando a la totalidad.

Me refiero a las acciones, o circunstancias, productoras de ansiedad, la cual se traduce en un cambio energético que va afectando, de forma progresiva, a la totalidad, como consecuencia de la tensión originada.

Hablábamos en el capítulo anterior, de cómo la ansiedad acumulada en la boca del estómago va, progresivamente, extendiendo sus efectos a todo el organismo físico y a todo el comportamiento afectivo y mental de la persona.

El resultado, al cabo de un cierto tiempo, es el de una persona en estado continuo de ansiedad, o de "tensión", lo que se traduce en una energía vital crónicamente bloqueada y sin capacidad de respuesta.

Resulta curioso que sea sólo ahora cuando la medicina oficial, a través de comprobaciones "científicas", se vaya dando cuenta de cómo este estado de ansiedad va siendo el responsable de cada vez mayor número de trastornos, como si ello fuera al gran descubrimiento. Ciertamente, están descubriendo la Luna.

Así, a medida que se van conociendo más datos sobre el estrés, se intuye que va a ser un factor de riesgo de la misma importancia que ahora se le da al tabaco, la hipertensión o al colesterol elevado. Se ha "descubierto" ahora que el estrés afecta al sistema inmunológico, el cual se deteriora; que produce también daños al corazón, aumentando el riesgo de infartos; y que se puede asociar, a través suyo, a las relaciones personales con la acción del sistema inmune.

Son "descubrimientos" de la ciencia que resultan ser evidencias de primera mano para quien trabaja en el campo de la regulación energética.

A través de este trabajo con la energía se comprueba a diario cómo la ansiedad se traduce en bloqueo energético y cómo éste afecta a la persona en su totalidad psicosomática.

Este estado de ansiedad está tan extendido que se puede decir que es consubstancial con el hombre de hoy.

La ansiedad es el resultado de la inseguridad, del miedo a la vida, de la insatisfacción, de la soledad, de la prisa, de la competitividad, de la preocupación, de la tristeza, del continuo esfuerzo por demostrar que se vale, por conservar el trabajo, por llegar a ser más, por vender más que los demás, etc..

La ansiedad es un estado de continua desarmonía que expresa carencias y resistencias muy profundas. Y, como resultado, se da un estado vibratorio interior bloqueado, un cuerpo endurecido y lleno de tensión, que no respira.

La persona deja de ser flexible y elástica, como lo son los niños pequeños, y se va acorazando de forma progresiva, como alternativa a la incapacidad para reaccionar elásticamente, que sería lo normal en un estado de salud verdadera.

La ansiedad, en el fondo, no es otra cosa que la expresión energética y corporal de nuestra resistencia a los cambios de la vida, la señal de nuestra lucha contra las circunstancias.

Dejamos de fluir con el medio y, como consecuencia, nos acorazamos, reduciendo nuestra respiración al mínimo vital.

Es decir, que si se produce un miedo, o una tristeza, la persona se encoge, como mecanismo defensivo de respuesta, pero luego, pasado ese momento, deberíamos ser capaces de volver de nuevo a estirarnos y a recuperar nuestra respiración profunda, nuestra calma mental y nuestro estado de relajación. Pero la realidad muestra que eso no ocurre así.

La persona se encoge, como el muelle, y se queda encogida, sin ser ya capaz de soltar la tensión almacenada. En la siguiente situación de ansiedad se encoge un poco más y también conserva, de forma permanente este encogimiento, sin ser capaz de soltarlo. Así sucesivamente, de modo que la persona se va transformando en un ser bloqueado, traumatizado, indefenso, acorazado, incapaz de sentir ni de reaccionar. Y esta incapacidad de reacción se muestra tanto en el plano mental – a través de la rigidez -, como del afectivo, y del somático, afectando al sistema inmune y a la capacidad de respuesta del organismo a los desarreglos funcionales.

El cuerpo, muscularmente, se va acorazando y endureciendo, como medio para que las agresiones externas no lleguen a nuestro interior.

El resultado es que la persona se comporta como si fuera una olla a presión, pero sin espita de seguridad.  

 

 

 

 

 

Fig. 28

Al final ocurre que lo que comenzó siendo una coraza protectora del exterior se acaba convirtiendo en la propia cárcel del hombre, el cual vive aprisionado por sí mismo, incapaz para mantener una relación fluida con el exterior.

Si en este estado de tensión permanente, las cosas "le van bien" a la persona, hasta puede sonreír y creerse satisfecha. Pero basta que sus condiciones de vida se vean mínimamente alteradas para que todo eso se transforme en violencia o en profunda depresión. (De ahí las graves consecuencias psicológicas del paro en la mayoría de las personas).

"Lo que necesito son unas buenas vacaciones", se dice la persona llena de ansiedad. Y efectivamente, se va de vacaciones, y en ese tiempo vive "feliz y tranquila". Pero basta que vuelva a tomar de nuevo contacto con el trabajo para que de nuevo, en un instante, se sienta deprimida. Los psicólogos lo llaman ahora "el trauma de la vuelta al trabajo".

La realidad es mucho más sencilla. La realidad es la de que las vacaciones distraen, pero no eliminan la tensión crónica almacenada, porque no pueden alterar su estado energético, simplemente lo disimulan.

El "contenido del vaso" sigue a punto de desbordar. Por eso basta que la persona se reintegre al trabajo para que, otra vez, se vea desbordada por la situación.

En el trabajo de Regulación Energética esta experiencia es una constante. Cada vez que una persona en tratamiento lo abandona durante un tiempo para irse de vacaciones, a la vuelta está mucho peor que cuando se fue, por bien que diga que se lo ha pasado.

¿Por qué?. Pues porque los beneficios de las vacaciones, traducidos a su estado energético, no pueden equipararse a los de la R.E. Sin contar con que también las vacaciones producen estrés, con los viajes, los cambios de ritmo, las expectativas frustradas, etc.

Y, como antídoto contra la ansiedad, la persona se refugia en el alcohol, el tabaco, las drogas, la prisa, el ruido incesante, los somníferos y relajantes, la televisión – para acallar el ruido mental –, etc. Todo eso y, además, la continua frustración, el desánimo, la insatisfacción y la tristeza interior.

Entonces la persona – muchas veces sin causa aparente alguna – entra en un estado de depresión, va al psiquiatra y comienza a tomar pastillas. La consecuencia es que, por la acción del medicamento, su energía se vuelve cada vez más pasiva y más incapaz de reaccionar, lo que provoca mayor dependencia de los medicamentos. Todo un círculo de difícil salida.

El problema es que los medicamentos actúan sobre los efectos de la ansiedad, pero no eliminan la ansiedad, la cual reaparece en cuanto se abandona la medicación, al igual que reaparece en cuanto se vuelve de vacaciones, pero al precio, además, de la intoxicación orgánica y de la mayor pasividad y dependencia energética.

La única salida verdadera y digna es la de eliminar la causa, que es la tensión o ansiedad almacenada, lo que equivale a actuar sobre su estado energético para equilibrarlo, reduciendo los bloqueos, devolviendo la movilidad a la energía, y restableciendo la sensibilidad y la capacidad de reacción del organismo.

Todo lo demás es mentirse y dañarse.

La medicina hace lo que puede, pero puede poco en estos casos porque, al no reconocer la existencia de la energía, se cierra las puertas para actuar allí donde puede ponerse el equilibrio, físico, emocional y mental.

Y, sin llegar a estos extremos, en todas las personas se observa que viven almacenando un exceso de tensión, lo que se traduce en una forma de vivir disminuida, la cual, por ello mismo, precisa de todo tipo de apoyos: excitantes como el café o el tabaco, el alcohol, el juego, el consumo excesivo, el ocio como medio de evasión, las fiestas, la superficialidad, etc.

Pero quizás en las personas en las que resulta más patética la ansiedad acumulada es en los jóvenes, quienes en teoría, por serlo, deberían estar más libres de ella.

Sin embargo su inseguridad es más acusada, debido a la edad, y su desplazamiento social un hecho. Además, está la necesidad de abrirse un hueco en un mundo que rechazan y en el que no encuentran opciones, lo que provoca todo tipo de actitudes evasivas: alcohol, droga, espectáculos, discotecas de fin de semana, violencia, todo va unido.

Cuando se trabaja en la R.E., la ansiedad se palpa en el cuerpo, pues confiere a éste y a su energía una cualidad específica. Un cuerpo en tensión tiene, ciertamente, un tacto diferente y característico.

También se traduce, de forma visible, en signos tales como parpadeo intenso – por incapacidad de relajar los párpados, consecuencia de la incesante actividad cerebral –, respiración bloqueada, tensión muscular, trastornos de sueño, tensión en la nuca, dureza en la boca del estómago, irritación nerviosa y emocional, trastornos digestivos, arritmias, incapacidad de concentración y de relajación, incapacidad para escuchar, agitación mental, etc..

La ansiedad no es más que el resultado de dos factores: el vivir volcado solamente hacia el mundo exterior, y el olvido de sí mismo, incluso en el plano corporal, pues se llega a no sentir el propio cuerpo ni, por tanto, las señales de alarma de éste.

La tensión se acumula a lo largo de años, sin que la persona, por este alejamiento de sí mismo, sea consciente de los cambios dentro de sí. Por eso se da un largo proceso entre el inicio de la acumulación de la ansiedad, productora de la tensión, y la aparición de los primeros síntomas corporales dolorosos o discapacitantes. Se cree que éstos constituyen el principio de todo, cuando la persona los advierte, en su insensibilidad, por primera vez.

Y así lo cree también el médico.

Las personas son como un estanque que va acumulando en su fondo todo tipo de suciedad. Mientras el agua está tranquila, parece clara, porque los sedimentos están en el fondo. Pero basta que la menor circunstancia remueva ese fondo para que todo se enturbie y salga a la superficie, haciéndose patente.

Si el vaso está lleno – y las personas viven con su vaso de ansiedad lleno a rebosar – basta una sola gota de agua para que rebose y se traduzca en todo tipo de problemas. Éstos se notan sólo cuando se produce el desbordamiento, pero no se siente, antes, la acumulación progresiva de tensiones ni el endurecimiento corporal, ni la falta de respiración. Es decir, no se sienten los cambios energéticos interiores que se van produciendo.

Son sólo las consecuencias las que preocupan a la persona, como su insomnio, por ejemplo. Pero hay multitud de otros síntomas de los cuales no se es consciente, y que son previos y significativos.

Pero cuando la persona viene a la R.E. no basta con corregir los síntomas, que son las consecuencias, sino que hay que ir a las causas, llegar hasta la tensión acumulada para hacerla desaparecer o reducirla sustancialmente, lo cual a veces no es fácil.

Quizás los síntomas puedan desaparecer pronto. Basta con regresar al punto justamente anterior al desbordamiento del "vaso". "Ya estoy curada", piensa la persona, al ver como los síntomas desaparecen, pero se equivoca. El trabajo no concluye hasta no haber vaciado el "vaso". De lo contrario, en cuanto vuelva a aumentar la tensión, volverán a hacer su aparición, esos mismos u otros nuevos.

Hay que proceder a limpiar el "fondo del estanque", lo cual exige un trabajo energético en profundidad, removiendo toda la suciedad a fin de extraerla.

Por eso muchas veces este trabajo de limpieza "removiendo la suciedad" no resulta agradable para la persona, la cual cree que curarse es todo lo contrario, entrar en un camino de simple eliminación de molestias, no en un camino – como es en realidad – de trabajo y de esfuerzo.

Por eso es de radical importancia entender algo lo que es la salud y la enfermedad, tema al que le dedicaremos los siguientes capítulos.