LA REGULACIÓN ENERGÉTICA

X – LAS RAÍCES DEL HOMBRE

 

No quiero terminar de escribir este libro sin hablar de algo que para mí es lo más importante, aunque ya se ha ido diciendo a lo largo del mismo. Es aquello que atañe a lo más profundo del hombre, a aquello sin lo cual no puede entenderse nada de lo que es, o puede ser, la Regulación Energética. Me refiero, claro está, a las RAÍCES DEL HOMBRE. Así, con mayúscula.

Un hombre es como un árbol, si es que se sabe lo que es un árbol, que ya van quedando pocos, y los más fuertes son los que antes se talan. ¡Ay, esta sociedad nuestra en la que da vergüenza vivir!.

Pues un árbol aparece como algo así:

 

 

 

 

 

 

 

Fig. 83

Fuerte, bello, solitario, equilibrado, autosuficiente, derecho, anclado en la tierra, elevándose hacia el cielo, punto de apoyo y cobijo, señal de referencia, ejemplo para el hombre... y víctima también del hombre.

Pero, ¿qué es el árbol?. ¿Cuál es su esencia y su secreto?.

Si en vez de buscar el hombre tan fuera y lejos de sí, supiera ver lo que tiene delante de los ojos, entonces podría ser diferente y no tan destructivo.

¿El secreto del árbol? : ¡SUS RAÍCES!.

¿En qué se distingue un árbol gigantesco, pero de raíces podridas, de un tocón de árbol talado que aún conserva sus raíces?.

Pues que uno es sólo un cadáver, por mucho tamaño que tenga, en tanto que el otro es un árbol entero y vivo, aunque esté mutilado. Lo que cuentan son las raíces, las raíces y lo que ocurre con ellas, lo que transportan, la vida que crean y conducen.

 

 

 

 

 

 

 

Fig. 84

La tierra es el soporte; las raíces el enlace, las que extraen la vida y la conducen hacia arriba.

Como siempre, lo verdadero es invisible, las raíces se esconden en la profundidad, lejos de la vista.

Así, se juzga el árbol por su porte, pero lo que le da valor es la fuerza y la profundidad de sus raíces. Sólo porque éstas se hunden hacia abajo, el árbol puede elevarse hacia arriba. Cuanto más profundizan unas en la tierra, más se eleva el otro hacia el cielo. Lo alto y lo bajo, la unidad del todo, la esencia del árbol.

Hablar del árbol es bello, porque representa un buen ejemplo para el hombre. ¡Ay si el hombre supiera ser como el árbol!.

¿Quién puede entender que lo que hace al árbol no es su tamaño exterior sino la profundidad de sus raíces interiores?.

Ahí está todo su secreto, en su centro, bien pegado a sus raíces, en estas raíces, en la tierra que las penetra, en su fuerza oculta. El árbol es la manifestación de la verdad enterrada, de lo oculto, de la esencia no visible con los ojos del cuerpo.

También el hombre podría ser como un gran árbol. Como un baobab, como una sequoya, como un ombú. Pero sin embargo, y para su vergüenza, sólo es como un globo vacío que se mueve a expensas del aire exterior. Cuanto más cree subir, más expresa su vacío interior, más fatua es su realidad.

De ese talante fatuo, vacío, necio y débil son los poderosos de este mundo, los que gobiernan, sus ministros, sus jefes de estado, sus burócratas, sus militares, sus compinches y bufones, los VIP y los muy titulados, los buscadores de honras y dinero, los que crecen debilitando y depredando todo a su paso. Y, como los globos, así pueden estallar, a veces con mucho ruido, de forma vistosa.

Se creen en lo alto, en lo más alto, pero sólo les hace ascender su vacío interior, porque carecen de lo único que debería tener, pies firmes con los que pisar la tierra, y raíces para unirles a ambos.

 

 

 

 

 

 

 

 

Fig. 85

¿Dónde está su equilibrio?. ¿Dónde está su fuerza?. ¿Dónde su centro?. ¿Dónde está su vida?. ¿Qué saben de ella?.

Globos de colores, a cuál más alto, a cuál más importante, a cuál más explosivo, a cuál más hinchado de vacío. Todo aire, todo nada. Así son los hombres de hoy, entre los que no me incluyo.

Las raíces no son materiales, pero existen igualmente. Al final, en el árbol tampoco cuentan sus raíces materiales, sino aquello oculto que, a través suyo, se desarrolla. También en él su vida es invisible, aunque se manifieste a través de una forma externa visible y bella.

Es desde la raíz desde donde surge la flor. Sin raíz no hay flor. En la raíz se esconde el secreto de la flor, de todo florecer, porque el árbol también florece, como expresión exultante de su vida y de su fuerza. La flor es lo logrado, el final, el triunfo de la vida, el camino concluido, el sentido de todo el trabajo de las raíces, la llegada, el final del camino ascensional, el cielo.

Y por eso la flor se abre, y se abre al cielo, a las fuerzas del cielo, a lo alto, porque lo "alto" existe, al igual que existe lo "bajo", y al igual que los dos son UNO.

El cielo

La flor

Lo manifestado

Lo alto
 

 

 

 

 

 

 

Fig. 86

La transformación
La tierra

La raíz

Lo oculto

Lo bajo

Lo bajo y lo alto, la tierra y el cielo, la raíz y la flor, el comienzo y el final, lo oculto y lo manifestado, la transformación de uno en otro, la unidad que lo incluye a todo, el ser TOTAL.

En el hombre sus raíces no tienen forma física, imagen externa, pero tienen realidad, y esa realidad se manifiesta en todo, en su forma de hablar, de mirar, de tenerse en pie, en su forma de vivir. En sus sueños y en sus conquistas. En todo.

La realidad de la raíz del hombre es una realidad de energía, oculta como la raíz del árbol. En este se oculta bajo la tierra; en el hombre se oculta a los ojos físicos, pero se revela a la visión interior, algo propio del hombre inalcanzable para el árbol.

Pero la función de esta raíz es idéntica, tanto en el árbol como en el hombre. Son las raíces las que le hunden en la tierra y le proyectan hacia el cielo. Son ellas las que le dan fuerza y estabilidad, las que surgen de su centro, puesto que no son otra cosa que el instrumento operativo del "CENTRO", que es centro de energía, tanto en el hombre como en el árbol.

Centro, raíces, tierra, cielo, todo forma una unidad. De esa unidad surge luego la fuerza, el equilibrio, el camino ascensional y la flor final, la última conquista.

Sin la tierra, sin su base, no hay apoyo alguno ni camino ascensional posible. En esto también se asemejan el hombre y el árbol, en la necesidad de andar pegados a la tierra para crecer. A nada elevado puede aspirar el hombre que carece de base de apoyo, de energía terrena, de raíces y de centro. ¡Ay, si se entendiera esto!.

Quienes intentan siempre lo más alto, lo hacen porque en ellos está la fuerza para intentarlo, fuerza que sólo puede salir de la profundidad de las raíces. Pero hoy la gente no está educada para, salvo excepciones, intentar lo más alto, ni lo más verdadero, sino lo más cómodo y lo más fácil. Y de lo fácil se ha hecho el objetivo de esta sociedad que gusta llamarse "del bienestar", es decir, del bien vivir, del vivir de lo que nada cuesta, salvo dinero, como si lo fácil fuera alguna vez cauce para llegar a lo verdadero.

Es esta sociedad nuestra de hoy, la del mucho "progreso", la del dinero, la misma que está construyendo, bajo esos principios, hombres sin raíces, sin base alguna, inválidos, gentes pasivas, personas sin salud y sin equilibrio.

Sin embargo, las raíces son la salud, son la base de toda salud, la que incluye el cuerpo, la energía y el alma, la que es fundamento de toda sociedad, de toda civilización que quiera tener futuro. Pero, ¿cómo construir una salud colectiva sin raíces?. ¿Es ello posible?.

Ciertamente que no, aunque es lo que intenta nuestra sociedad, poniendo en ello tanto dinero como inútil esfuerzo. ¿Es que puede haber una salud que no esté basada en unas fuertes raíces de la persona?. ¿Es que puede haber un árbol sano y derecho que no se sustente en unas raíces profundas?.

Sin embargo, las raíces se destrozan, y la salud se quiere construir sobre un entramado de medicaciones y fármacos, con lo que sólo se consiguen hombres aún más débiles. ¿Qué tienen que ver los fármacos con las raíces del hombre o con su salud?. Nada salvo que son su antítesis. ¿Y qué tiene que ver la Regulación Energética con la medicina?. Nada salvo que son caminos opuestos para confluir en el mismo punto, el ser humano.

La R.E. ayuda a construir esas raíces que el hombre precisa para ser hombre, para erguirse sobre sus pies y andar derecho, en tanto que la medicina actual está destruyendo al hombre.

A fuerza de ayudas y medicamentos está solo consiguiendo seres indefensos que se acumulan en las listas de espera de los hospitales. Listas de espera que no se solucionan con más turnos de médicos, ni trabajando éstos más deprisa, sino construyendo gentes sanas que sepan cuidar de sí mismas. No gentes que entran en los hospitales como enfermos y salen de ellos como inválidos totales.

Pero a la sociedad nada de eso le importa, ni a los políticos, porque la medicina es "científica", y las raíces del hombre, al parecer, sólo ficciones poéticas. Eso es lo que creen quienes no saben sentirse a sí mismos.

En estas circunstancias, ¡qué difícil aprender a vivir de pie!. ¡Qué difícil ser capaz de mirar arriba y apuntar a lo alto, en lugar de vivir en perpetuo encogimiento!.

El hombre ha perdido sus pies, y su tierra de apoyo, y sus raíces, y su centro, y también ha perdido, con ello, su cielo, porque ese cielo es inalcanzable para quienes no tienen unos buenos pies con que apoyarse en la tierra.

Este es el hombre al gusto de hoy, dependiente, cómodo, inseguro, obediente, sumiso a toda autoridad, fácil de convencer, buen consumidor, ciego para todo lo que no sea exterior y superficial.

Pero, cuidado, porque cuanto más débil se hace el hombre, y la sociedad, tanto más fuerte y omnipresente se tiene que hacer el Estado, el poder controlador, el sustituto del hombre, porque este Estado se nutre sólo de hombres débiles y sin raíces.

Por tanto, más valdría decir que este Estado, más que el del bienestar, es el de la destrucción del hombre, el de su claudicación como ser libre, por mucho que se ensalce la democracia.

 

Y, para terminar, un pequeño ejercicio de enraizamiento:

Nos situamos de pie, descalzos, con las piernas separadas y las rodillas ligeramente flexionadas. Cerramos los ojos y nos sentimos desde dentro. Sentimos las plantas de los pies y el suelo que pisan.

Nos sentimos uno con la tierra, como hechos de la misma materia, que es energía, hundiendo nuestras raíces en ella. Y con esas raíces que unen nuestros pies a la tierra intentamos llegar al centro de la tierra, profundizando más y más.

Soltamos nuestros hombros de toda tensión y dejamos que nuestra cabeza se vacíe.

Nuestra respiración se hace profunda y respiramos plenamente, de forma muy suave y lenta.

Sentimos la respiración entrando, al inspirar, por lo alto de la cabeza y llegando hasta nuestro centro del vientre. Sabemos que, al inspirar, nos llenamos de energía del Universo, que nutre nuestro centro. Y que, al espirar, nuestra respiración sale hacia abajo, desde nuestro vientre a la tierra, a través de nuestras piernas y nuestros pies, entregando a la tierra todas nuestras tensiones, todos nuestros miedos y bloqueos, todas nuestras ansiedades. Todo sale de nosotros y se entierra en el suelo, en la profundidad de la tierra que nos sustenta, a través de nuestros pies.

El Cielo

 
La inspiración

El Centro

La espiración

La Tierra

Fig. 87

Recibir y dar. Recibir de lo alto y entregar a lo bajo, a partir de nuestro centro del vientre.

Lo hacemos con suavidad, sin esfuerzo, de forma natural, simplemente respirando y sintiendo la tierra, el cielo, y nuestro centro uniendo a ambos, recibiendo y dando, igual que un árbol. Y en nuestra mente sólo la imagen de un hombre erguido, fuerte, recto, como un árbol bien plantado, con raíces profundas que se hunden en la tierra, con una respiración lenta y una mente tranquila.

Así de sencillo.

Lo podemos practicar cuando queramos, como forma de unirnos a nuestro interior, siempre que nos sintamos cansados, llenos de tensión y desequilibrio – o sea, cada día –, como una forma de limpieza interior, de liberación, de sentir la tierra, el cielo, el centro de nuestro ser, la unidad, la respiración, como forma de encontrarnos a nosotros mismos en la unidad de la totalidad universal.

Y, si queremos, antes de comenzar, podemos dar un ligero masaje a nuestros pies desnudos, con la mente vacía y los ojos cerrados, dejando que nuestras manos se muevan solas y hagan lo que tengan que hacer, sintiendo que acariciamos nuestras raíces y las llenamos de energía, la parte más importante del hombre y su punto de partida.

Veremos como luego, después del masaje, se sienten los pies de forma diferente y el apoyo en la tierra tiene otra intensidad.

Más adelante, podemos practicar otra variante, pero sólo cuando nos hayamos ejercitado en la anterior, un tiempo, y la hayamos perfeccionado. La variante consiste en inspirar desde el centro del vientre, sintiendo que la inspiración sale por igual hacia arriba y hacia abajo, hasta lo alto de la cabeza y más allá, y hasta las plantas de los pies y más abajo, como si fuéramos un muelle que se estira al inspirar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fig. 88

Al inspirar el muelle se estira

a partir del centro.

Al espirar el muelle se contrae,

volviendo la respiración al centro

En este ejercicio lo que se intenta es potenciar el centro como punto de partida y llegada de la respiración, a la vez que desarrollar en nosotros este movimiento elástico del muelle, reactivando la capacidad de reacción elástica de nuestra energía, la cual hacemos llegar a todos los puntos del cuerpo.

Luego al espirar, la respiración recorre el camino inverso, volviendo de nuevo al centro, como si el muelle se encogiera.

Estirar, desde el centro, al inspirar, y encoger, hacia el centro, al espirar.

Estirar y encoger, dilatar y contraer, abrir y cerrar, este es el movimiento más básico de todo ser vivo.