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LA REGULACIÓN ENERGÉTICA |
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X – LAS RAÍCES DEL HOMBRE
No quiero terminar
de escribir este libro sin hablar de algo que para mí es lo más
importante, aunque ya se ha ido diciendo a lo largo del mismo. Es
aquello que atañe a lo más profundo del hombre, a aquello sin lo cual
no puede entenderse nada de lo que es, o puede ser, la Regulación
Energética. Me refiero, claro está, a las RAÍCES DEL HOMBRE.
Así, con mayúscula. Un hombre es como
un árbol,
si es que se sabe lo que es un árbol, que ya van quedando pocos, y los
más fuertes son los que antes se talan. ¡Ay, esta sociedad nuestra en
la que da vergüenza vivir!. Pues un árbol aparece como algo así:
Fuerte, bello,
solitario, equilibrado, autosuficiente, derecho, anclado en la tierra,
elevándose hacia el cielo, punto de apoyo y cobijo, señal de
referencia, ejemplo para el hombre... y víctima también del hombre. Pero, ¿qué es el
árbol?. ¿Cuál es su esencia y su secreto?. Si en vez de buscar
el hombre tan fuera y lejos de sí, supiera ver lo que tiene delante de
los ojos, entonces podría ser diferente y no tan destructivo. ¿El secreto del árbol?
: ¡SUS RAÍCES!. ¿En qué se
distingue un árbol gigantesco, pero de raíces podridas, de un tocón
de árbol talado que aún conserva sus raíces?. Pues que uno es sólo
un cadáver, por mucho tamaño que tenga, en tanto que el otro es un árbol
entero y vivo, aunque esté mutilado. Lo que
cuentan son las raíces, las raíces y lo que ocurre con ellas, lo que
transportan, la vida que crean y conducen.
La tierra es el
soporte; las raíces el enlace, las que extraen la vida y la conducen
hacia arriba. Como siempre, lo
verdadero es invisible, las raíces se esconden en la profundidad, lejos
de la vista. Así, se juzga el árbol
por su porte, pero lo que le da valor es la fuerza y la profundidad de
sus raíces. Sólo porque éstas se hunden hacia abajo, el árbol
puede elevarse hacia arriba. Cuanto más profundizan unas en la
tierra, más se eleva el otro hacia el cielo. Lo alto y lo bajo, la
unidad del todo, la esencia del árbol. Hablar del árbol es
bello, porque representa un buen ejemplo para el hombre. ¡Ay si
el hombre supiera ser como el árbol!. ¿Quién puede
entender que lo que hace al árbol no es su tamaño exterior sino la
profundidad de sus raíces interiores?. Ahí está todo su
secreto, en su centro, bien pegado a sus raíces, en estas raíces,
en la tierra que las penetra, en su fuerza oculta. El árbol es la
manifestación de la verdad enterrada, de lo oculto, de la esencia no
visible con los ojos del cuerpo. También el hombre
podría ser como un gran árbol. Como un baobab, como una sequoya, como
un ombú. Pero sin embargo, y para su vergüenza, sólo es como un globo
vacío que se mueve a expensas del aire exterior. Cuanto más cree
subir, más expresa su vacío interior, más fatua es su realidad. De ese talante
fatuo, vacío, necio y débil son los poderosos de este mundo, los que
gobiernan, sus ministros, sus jefes de estado, sus burócratas, sus
militares, sus compinches y bufones, los VIP y los muy titulados, los
buscadores de honras y dinero, los que crecen debilitando y depredando
todo a su paso. Y, como los globos, así pueden estallar, a veces con
mucho ruido, de forma vistosa. Se creen en lo alto,
en lo más alto, pero sólo les hace ascender su vacío interior, porque
carecen de lo único que debería tener, pies firmes con los que pisar
la tierra, y raíces para unirles a ambos.
¿Dónde está su
equilibrio?. ¿Dónde está su fuerza?. ¿Dónde su centro?. ¿Dónde
está su vida?. ¿Qué saben de ella?. Globos de colores, a
cuál más alto, a cuál más importante, a cuál más explosivo, a cuál
más hinchado de vacío. Todo aire, todo nada. Así son los hombres de
hoy, entre los que no me incluyo. Las raíces no son
materiales, pero existen igualmente. Al final, en el árbol tampoco
cuentan sus raíces materiales, sino aquello oculto que, a través suyo,
se desarrolla. También en él su vida es invisible, aunque se
manifieste a través de una forma externa visible y bella. Es desde la raíz
desde donde surge la flor.
Sin raíz no hay flor. En la raíz se esconde el secreto de la flor, de
todo florecer, porque el árbol también florece, como expresión
exultante de su vida y de su fuerza. La flor es lo logrado, el final, el
triunfo de la vida, el camino concluido, el sentido de todo el trabajo
de las raíces, la llegada, el final del camino ascensional, el cielo. Y por eso la flor se
abre, y se abre al cielo, a las fuerzas del cielo, a lo alto, porque lo
"alto" existe, al igual que existe lo "bajo",
y al igual que los dos son UNO.
Lo bajo y lo alto,
la tierra y el cielo, la raíz y la flor, el comienzo y el final, lo
oculto y lo manifestado, la transformación de uno en otro, la unidad
que lo incluye a todo, el ser TOTAL. En el hombre sus raíces
no tienen forma física, imagen externa, pero tienen realidad, y esa
realidad se manifiesta en todo, en su forma de hablar, de mirar, de
tenerse en pie, en su forma de vivir. En sus sueños y en sus
conquistas. En todo. La realidad de la
raíz del hombre es una realidad de energía, oculta como la raíz del árbol. En este se oculta bajo la
tierra; en el hombre se oculta a los ojos físicos, pero se revela a la
visión interior, algo propio del hombre inalcanzable para el árbol. Pero la función de
esta raíz es idéntica, tanto en el árbol como en el hombre. Son las
raíces las que le hunden en la tierra y le proyectan hacia el cielo.
Son ellas las que le dan fuerza y estabilidad, las que surgen de su
centro, puesto que no son otra cosa que el instrumento operativo del "CENTRO",
que es centro de energía, tanto en el hombre como en el árbol. Centro, raíces,
tierra, cielo, todo forma una unidad. De esa unidad surge luego la fuerza, el equilibrio, el
camino ascensional y la flor final, la última conquista. Sin la tierra,
sin su base, no hay apoyo alguno ni camino ascensional posible. En esto
también se asemejan el hombre y el árbol, en la necesidad de andar
pegados a la tierra para crecer. A nada elevado puede aspirar el
hombre que carece de base de apoyo, de energía terrena, de raíces y de
centro. ¡Ay, si se entendiera esto!. Quienes intentan
siempre lo más alto, lo hacen porque en ellos está la fuerza para
intentarlo, fuerza que sólo puede salir de la profundidad de las raíces.
Pero hoy la gente no está educada para, salvo excepciones, intentar lo
más alto, ni lo más verdadero, sino lo más cómodo y lo más fácil.
Y de lo fácil se ha hecho el objetivo de esta sociedad que gusta
llamarse "del bienestar", es decir, del bien vivir, del
vivir de lo que nada cuesta, salvo dinero, como si lo fácil fuera
alguna vez cauce para llegar a lo verdadero. Es esta sociedad
nuestra de hoy, la del mucho "progreso", la del dinero,
la misma que está construyendo, bajo esos principios, hombres sin raíces,
sin base alguna, inválidos, gentes pasivas, personas sin salud y sin
equilibrio. Sin embargo, las raíces
son la salud, son la base de toda salud, la que incluye el cuerpo, la
energía y el alma, la que es fundamento de toda sociedad, de toda
civilización que quiera tener futuro. Pero, ¿cómo construir una
salud colectiva sin raíces?. ¿Es ello posible?. Ciertamente que no,
aunque es lo que intenta nuestra sociedad, poniendo en ello tanto dinero
como inútil esfuerzo. ¿Es que puede haber una salud que no esté
basada en unas fuertes raíces de la persona?. ¿Es que puede haber
un árbol sano y derecho que no se sustente en unas raíces profundas?. Sin embargo, las raíces
se destrozan, y la salud se quiere construir sobre un entramado de
medicaciones y fármacos, con lo que sólo se consiguen hombres aún más
débiles. ¿Qué tienen que ver los fármacos con las raíces del hombre
o con su salud?. Nada salvo que son su antítesis. ¿Y qué tiene que
ver la Regulación Energética con la medicina?. Nada salvo que son
caminos opuestos para confluir en el mismo punto, el ser humano. La R.E. ayuda a
construir esas raíces que el hombre precisa para ser hombre,
para erguirse sobre sus pies y andar derecho, en tanto que la medicina
actual está destruyendo al hombre. A fuerza de ayudas y
medicamentos está solo consiguiendo seres indefensos que se acumulan en
las listas de espera de los hospitales. Listas de espera que no se
solucionan con más turnos de médicos, ni trabajando éstos más
deprisa, sino construyendo gentes sanas que sepan cuidar de sí mismas.
No gentes que entran en los hospitales como enfermos y salen de ellos
como inválidos totales. Pero a la sociedad
nada de eso le importa, ni a los políticos, porque la medicina es
"científica", y las raíces del hombre, al parecer, sólo
ficciones poéticas. Eso es lo que creen quienes no saben sentirse a sí
mismos. En estas
circunstancias, ¡qué difícil aprender a vivir de pie!. ¡Qué difícil
ser capaz de mirar arriba y apuntar a lo alto, en lugar de vivir en
perpetuo encogimiento!. El hombre ha
perdido sus pies, y su tierra de apoyo, y sus raíces, y su centro,
y también ha perdido, con ello, su cielo, porque ese cielo es
inalcanzable para quienes no tienen unos buenos pies con que apoyarse en
la tierra. Este es el hombre al
gusto de hoy, dependiente, cómodo, inseguro, obediente, sumiso a toda
autoridad, fácil de convencer, buen consumidor, ciego para todo lo que
no sea exterior y superficial. Pero, cuidado,
porque cuanto más débil se hace el hombre, y la sociedad, tanto más
fuerte y omnipresente se tiene que hacer el Estado, el poder
controlador, el sustituto del hombre, porque este Estado se nutre sólo
de hombres débiles y sin raíces. Por tanto, más
valdría decir que este Estado, más que el del bienestar, es el de la
destrucción del hombre, el de su claudicación como ser libre, por
mucho que se ensalce la democracia. Y, para terminar, un
pequeño ejercicio de enraizamiento: Nos situamos de pie,
descalzos, con las piernas separadas y las rodillas ligeramente
flexionadas. Cerramos los ojos y nos sentimos desde dentro. Sentimos las
plantas de los pies y el suelo que pisan. Nos sentimos uno con
la tierra, como hechos de la misma materia, que es energía, hundiendo
nuestras raíces en ella. Y con esas raíces que unen nuestros pies a la
tierra intentamos llegar al centro de la tierra, profundizando más y más. Soltamos nuestros
hombros de toda tensión y dejamos que nuestra cabeza se vacíe. Nuestra respiración
se hace profunda y respiramos plenamente, de forma muy suave y lenta. Sentimos la
respiración entrando, al inspirar, por lo alto de la cabeza y llegando
hasta nuestro centro del vientre. Sabemos que, al inspirar, nos
llenamos de energía del Universo, que nutre nuestro centro. Y que, al espirar,
nuestra respiración sale hacia abajo, desde nuestro vientre a la
tierra, a través de nuestras piernas y nuestros pies, entregando a la
tierra todas nuestras tensiones, todos nuestros miedos y bloqueos, todas
nuestras ansiedades. Todo sale de nosotros y se entierra en el suelo, en
la profundidad de la tierra que nos sustenta, a través de nuestros
pies.
Recibir y dar.
Recibir de lo alto y entregar a lo bajo, a partir de nuestro centro del
vientre. Lo hacemos con
suavidad, sin esfuerzo, de forma natural, simplemente respirando y
sintiendo la tierra, el cielo, y nuestro centro uniendo a ambos,
recibiendo y dando, igual que un árbol. Y en nuestra mente sólo la
imagen de un hombre erguido, fuerte, recto, como un árbol bien
plantado, con raíces profundas que se hunden en la tierra, con una
respiración lenta y una mente tranquila. Así de sencillo. Lo podemos practicar
cuando queramos, como forma de unirnos a nuestro interior, siempre que
nos sintamos cansados, llenos de tensión y desequilibrio – o sea,
cada día –, como una forma de limpieza interior, de liberación, de
sentir la tierra, el cielo, el centro de nuestro ser, la unidad, la
respiración, como forma de encontrarnos a nosotros mismos en la unidad
de la totalidad universal. Y, si queremos,
antes de comenzar, podemos dar un ligero masaje a nuestros pies
desnudos, con la mente vacía y los ojos cerrados, dejando que nuestras
manos se muevan solas y hagan lo que tengan que hacer, sintiendo que
acariciamos nuestras raíces y las llenamos de energía, la parte más
importante del hombre y su punto de partida. Veremos como luego,
después del masaje, se sienten los pies de forma diferente y el apoyo
en la tierra tiene otra intensidad. Más adelante, podemos practicar otra variante, pero sólo cuando nos hayamos ejercitado en la anterior, un tiempo, y la hayamos perfeccionado. La variante consiste en inspirar desde el centro del vientre, sintiendo que la inspiración sale por igual hacia arriba y hacia abajo, hasta lo alto de la cabeza y más allá, y hasta las plantas de los pies y más abajo, como si fuéramos un muelle que se estira al inspirar.
En este ejercicio lo
que se intenta es potenciar el centro como punto de partida y
llegada de la respiración, a la vez que desarrollar en nosotros
este movimiento elástico del muelle, reactivando la capacidad de reacción
elástica de nuestra energía, la cual hacemos llegar a todos los puntos
del cuerpo. Luego al espirar, la
respiración recorre el camino inverso, volviendo de nuevo al centro,
como si el muelle se encogiera. Estirar, desde el
centro, al inspirar, y encoger, hacia el centro, al espirar. Estirar y encoger, dilatar
y contraer, abrir y cerrar, este es el movimiento más básico de
todo ser vivo.
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